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El control de la 
disciplina
Cómo mejorar las conductas de su hijo

Materiales preparados por el EOEP nº 1 de Zaragoza

      
INDICE

1- CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO.

2- LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS. 

3- CÓMO ESTABLECER LÍMITES 

4-TÉCNICAS BÁSICAS DE LA EDUCACIÓN:

- 4.1. CÓMO ELOGIAR
- 4.2. CÓMO PREMIAR
- 4.3. EL DISCO RAYADO
- 4.4. USO DE GRÁFICOS
- 4.5. CÓMO IGNORAR
- 4.6. CÓMO CASTIGAR
- 4.7. CÓMO MANDAR UN NIÑO AL RINCÓN
- 4.8. CÓMO USAR LA SOBRECORRECCIÓN

5- CÓMO LOGRAR UNA AUTORIDAD POSITIVA

6- BIBLIOGRAFÍA


 

1.- CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO.

Mantener las líneas de comunicación abiertas entre padres e hijos es extremadamente importante para una buena relación. Queremos que nuestros niños compartan sus pensamientos y sentimientos para poder comprenderles y ayudarles en las crisis de la vida. Queremos que se expresen apropiadamente en lugar de manifestar sus sentimientos de forma destructiva. Y queremos que nos escuchen y oigan lo que se les dice.

Los niños no nacen sabiendo cómo expresar sus pensamientos y sentimientos apropiadamente. Ni tampoco están automáticamente preparados para escuchar lo que los padres les dicen y seguir sus directrices. Hay que enseñarles a expresarse y a escuchar a los demás. A menudo los padres también necesitan mejorar sus habilidades comunicativas.

            Hay que recordar que hablar no lo es todo. No se pueden solucionar todos los problemas de conducta hablando, por muy bien que se sepa escuchar, por muy buen hablador que se sea, o por muy bien que el niño parezca escuchar. Los niños necesitan conocer los límites para su conducta y normalmente no es suficiente una mera explicación. Muchos padres intentan demasiadas veces instruir a sus hijos o razonar con ellos. Repiten muchas veces las mismas cosas una y otra vez -sólo que más fuerte- pero no resultan eficaces por eso. Es mejor hablar en voz baja pero que conlleve una consecuencia real.

Se deben alterar las tácticas según la edad y madurez del niño. Un error importante que cometen muchos padres es hablar demasiado. Emplean sus habilidades comunicativas en una etapa demasiado temprana de la vida del niño, usando las palabras antes de que el niño quiera escuchar o sea capaz de comprender.

Consejos básicos

Es cierto que los padres deben empezar en una etapa temprana a construir una base para comunicarse con el niño, pero no se pueden esperar resultados hasta más tarde. Pasar de más consecuencias con menos palabras, a más comunicación con menos consecuencias es apropiado a medida que el niño entra en la adolescencia. En ese momento, los padres tendrán cada vez menos control sobre las consecuencias en la vida de su hijo.

Los padres que tratan siempre de razonar con un niño muy pequeño, comprueban que el niño se hace más y más difícil al ir creciendo. Luego, cuando empieza a actuar como un adolescente, intentan ponerse duros con las consecuencias fuertes. Pero el adolescente que sólo está acostumbrado a las palabras a menudo se rebela contra las nuevas restricciones más que el adolescente normal.

En general, lo mejor es usar más dirección con un niño pequeño y más comunicación con un niño más mayor. Por ejemplo, decirle a un niño de dos años que la estufa quema lo puede llegar a entender con el tiempo, pero decirle “retira la mano” y en voz alta: “¡no!2, le hace comprender de forma inmediata lo que se le quiere dar a entender. Por otra parte, un niño de trece años al que se encuentra bebiendo cerveza puede necesitar un castigo, pero no servirá de mucho si no tiene información sobre el alcohol y las drogas.

Cómo deben escuchar los padres para que el niño hable con ellos

Escuchar a través del comportamiento. Los padres se convierten en expertos en leer el lenguaje del cuerpo de los niños pequeños, pero muchas veces no se dan cuenta de que los niños siguen comunicándose a través de su conducta mucho después de haber aprendido a dominar el lenguaje.

Los niños más mayores y los adolescentes se comunican no verbalmente manifestando frecuentemente sus sentimientos cuando están bajo presión.

Cuando el niño empieza a actuar de una forma distinta, es posible que no se trate de una nueva etapa de su desarrollo. Quizás intente comunicar algo.

Definir sentimientos. Con niños pequeños, lo mejor es ayudarle a definir sus emociones. Decirle que es normal que se sienta «molesto» y que cuando se siente así, debe pedir ayuda. Se debe añadir una consecuencia, tal como, «cuando tires las cosas no las volverás a ver durante dos días».

También se puede sugerir una consecuencia tal como, «cuando necesites ayuda pídela, estaré muy orgullosa de tí y te ayudaré con gusto». Por supuesto que después hay que hacerlo, amablemente y en seguida.

E1 proceso de enseñar a un niño a identificar y expresar sus sentimientos supone años y mucha insistencia. Pero habrá muchas oportunidades para ayudarle a interpretarlos. A medida que se vaya haciendo mayor, se debe empezar a ser una especie de detective en lugar de dar la definición solamente: "Suena como si estuvieras enfadado con Jesús", o, «Parece que te preocupa algo. ¿Qué crees que es?» Luego, tras una corta charla, quizás el niño informe que está «celoso» de Jesús porque tiene más éxito con la gente.

Es necesario tener tiempo para escuchar. Hay ocasiones en las que es difícil encontrar un momento para escuchar al niño, pero es esencial hacerlo si se quiere conseguir una buena comunicación y se ha de mantener la onda disponible cuando realmente se precise. También es esencial para él tener la oportunidad de hablar con el padre y la madre individualmente, especialmente en familias de padres sin pareja de padres de hijos distintos, o de divorciados. Cuando llega la adolescencia puede ser difícil empezar a escuchar y hablar. Pero si se ha comenzado pronto, la buena comunicación puede allanar el camino.

Se debe permitir a los niños que cuenten sus experiencias cotidianas y sus sentimientos a sus padres, que se sientan libres para darles detalles de lo que les está ocurriendo no basta con mantener alguna conversación profunda de vez en cuando.

La comunicación no es sólo una cuestión de calidad, sino también de cantidad. Este es un punto extremadamente importante y nunca se hará bastante hincapié en ello. Una gran conversación nunca compensará años de silencio.

Pasos que pueden ayudar a mantener una comunicación con el niño

Comuníquese regularmente. Asigne un rato cada día para hablar con el niño Aunque sólo sean cinco minutos a la hora de acostarse. Siéntese a hablar. E1 tiempo variará, pero el hecho debe fijarse en el horario.

Repase citas para hablar. Cuando el niño pide a sus padres que hablen con él o da pistas no verbales de que algo le está preocupando, es bueno sentarse en un lugar privado cuanto antes o acordar una cita con él para hablar más tarde. Particularmente con los niños pequeños lo mejor es hablar en ese mismo instante. Normalmente se trata tan sólo de unos minutos y esto hace que el niño piense que lo que tiene que decir es lo bastante importante para que sus padres dejen lo que están haciendo y le escuchen.

Si no hay otro remedio que aplazar la charla, se debe asignar otro momento más tarde: «No podemos hablar ahora porque hay demasiado ruido, pero hablemos de ello en tu habitación esta noche en cuanto estén recogidos los platos de la cena». Asegúrese siempre de cumplir la cita.

 Préstele la máxima atención. Diga al resto de la familia que no moleste, acuda a un lugar privado y actúe como si tuviera todo el tiempo del mundo para escuchar. Preste al niño la misma atención que la que se prestaría a un amigo que viniera a hablar de un problema importante.

 Inicie la conversación. Algunas veces, cuando los niños quieren hablar, les cuesta mucho arrancar. De modo que pueden ser de ayuda frases como «Hablemos» o «Dime lo que te preocupa». Pero cuanto más específicas sean las frases de apertura, mejor. Se puede decir, por ejemplo, «Cuando llegaste del colegio hoy parecías muy triste. ¿Me quieres contar qué te ha pasado?». Si el niño indica que, en efecto, pasó algo en la escuela pero no quiere hablar de ello en ese momento, debe saber que habrá tiempo para hablar más tarde. Si el niño necesita un pequeño empujón adicional, hágalo suavemente para ayudarle a arrancar. Intente contarle un cuento, lea un libro o comente sobre una situación similar. A veces la mejor manera de ayudarle a empezar es sentarse abrazándole y esperar tranquilamente a que arranque.

Mantenerla. Una vez que se ha comenzado, utilice todos los medios para mantener la conversación viva. Los adultos tienen la tendencia a dar soluciones, consejos, o incluso a hacer discursos a los niños. Hay que resistir la tentación. Muchos niños se quejan de que no pueden comunicarse con sus padres porque cada vez que lo intentan, se les lanza un discurso. ¡Simplemente hay que escuchar!

Utilice preguntas para suscitar la confianza y para que el niño continúe hablando. «¿Y entonces qué pasó?» «¿Qué dijo?». O bien haga afirmaciones de apoyo que muestren comprensión por lo que el niño siente. «Seguro que eso te enfureció a mí me habría enfadado mucho si me hubieran hecho eso.» O incluso exclamaciones cortas como «¡Oh no!» o «¡Aj!» pueden hacer avanzar la conversación.

Escuchar activamente. El escuchar activamente significa repetir al niño lo que ha dicho o interpretarlo. Si el niño dice, «Luis me ha pegado», el padre responde, «¡Te ha pegado!». A continuación, para conocer sentimientos más profundos, los padres pueden responder con algo como: «Luis es tu mejor amigo, seguro que te hirió especialmente el que fuera él quien te pegara». Aunque no se acierte, incluso una interpretación poco exacta provocará, normalmente más respuestas por parte del niño. Sígale el hilo al niño como un científico simpático y un amigo en lagar de un policía haciendo una interrogación. Los padres han de pensar que se deben poner a la altura de la visión del mundo que el niño tiene, no necesariamente de la «verdad» exacta sobre lo que ocurrió. No hay que exagerar ésta o cualquier otra técnica. Si se repite cada afirmación que el niño hace o se hacen demasiadas preguntas, quizás el niño se sienta incómodo o se interrumpa.

 Haga saber al niño que se aprecia su esfuerzo por compartir. Cuando el niño habla a sus padres de acontecimientos importantes de su vida, éstos deben expresar que les parece fantástico. Se le puede decir simplemente «Gracias por contarme esto». O quizás, «Sé que te habrá sido difícil hablar de eso. Me alegro de que sientas que puedes hablar conmigo cuando algo te esta preocupando». Otra manera de compartir los sentimientos es abrazarlo.

Cómo hablar al niño

Si los niños se hacen los sordos continuamente cuando se les pide algo no es porque sean sordos. Se trata de una tendencia a desconectar hasta que el volumen de la voz paterna llega a un punto crítico determinado en el que el niño sabe que la cosa se está poniendo seria.

Para acabar con este problema se requieren dos ingredientes esenciales: los padres tienen que decir lo que piensan y pensar lo que dicen. Es decir deben elegir sus palabras con cuidado y después apoyarlas con acciones justas, consecuentes y con sentido. El niño aprenderá rápidamente a escuchar la primera vez que se le pida algo. Para lograr esto es preciso:

Establecer un contacto visual. Ya que los niños se distraen con tanta facilidad, los padres deben asegurarse de que el niño les mira cuando le están hablando. Este podría ser el factor más importante para conseguir que el niño siga las instrucciones de sus padres o simplemente para que escuche.

Hay que enseñar lo que significa el contacto visual. Enseñar con el juego de las miradas: Sentarse cara a cara a. aproximadamente un metro de distancia y ver quién es el primero en desviar la mirada. Cronometre al niño, indicándole cuánto tiempo aguantó la mirada.

Si el niño es muy tímido o se siente incómodo mirando directamente a los ojos de sus padres, conviene enseñarle a mirar a la boca o a toda la cara.

Hay veces en las que es necesario usar el contacto físico para conseguir la atención de un niño. En este caso, es conveniente tocarle ligeramente el hombro o, si es necesario, orientarle hacia sí colocándole las manos sobre el hombro y girando al niño suavemente. Hay que usar esta técnica sólo como recurso e intentar eliminarla en seguida. En un niño más mayor un mero rozamiento de hombro podría provocar una confrontación inmediata en vez de conseguir que escuchara. Cuando el niño mira a sus padres cuando éstos están hablando, es bueno elogiarle por ello y manifestarle que se le agradece. Más adelante, se le puede elogiar por escuchar y por hacer lo que se le pide sin demora.

Hablar con voz sosegada y firme. Si siempre se habla al niño con voz severa o se levanta la voz al pedirle algo, aprenderá a desconectar hasta que la voz de sus padres alcance el volumen máximo. Si los padres se dan cuenta de que cada vez levantan más la voz deben detenerse, respirar profundamente, restablecer el contacto visual, hablar lentamente y con mucha claridad. Decir, «Carlos (con largas pausas entre palabra y palabra, contacto visual), quiero...que...recojas...tu...ropa...y... que...la...pongas...en...el...cesto...ahora».

Evitar utilizar preguntas en lugar de afirmaciones. Si se le dice al niño, «¿Qué tal si recoges la ropa?» no sería de extrañar que contestara, «¡Ahora no!». Si se le dice, «Ahora podemos fregar los platos», le da lugar a decir «No, ahora no». Cuando no hay ninguna duda sobre lo que se quiere que haga el niño hay que hacer afirmaciones definitivas que le indiquen exactamente lo que tiene que hacer, cuándo, dónde y como.

Utilizar frases sencillas. No se deben usar palabras que el niño no comprenda. Hable clara y sencillamente. No hable demasiado. Las instrucciones o explicaciones largas pueden hacer que el niño pierda interés o se olvide de lo que se le dijo al principio. Los niños tienen una capacidad limitada para recordar retahílas de información verbal. La comunicación corta y simple con su consecuencia lógica será comprendida y recordada infinitamente mejor que un largo discurso. En vez de extenderse sobre la responsabilidad, el significado del dinero y la inflación mundial, es mejor ofrecer al niño una elección clara: «O guardas la bicicleta ahora o no la verás durante el fin de semana».

Decir al niño lo que se piensa. Los padres deben explicar al niño los sentimientos que producen sus acciones o actitudes en lugar de criticarle directamente. Por ejemplo, «Me enfado mucho cuando dejas el cuarto de baño desordenado y lo tengo que limpiar yo». O, «Temía que te hubieras perdido cuando no llegaste a casa a la hora». Si se conjugan las frases en primera persona en lugar de en segunda se puede evitar la crítica, las culpabilidades, o el ataque directo sin dejar por ello de expresar emociones fuertes con eficacia.

 

2. - LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS.

 

Los niños no siempre hacen lo que los padres quieren. Cuando el niño se comporta mal, el padre tiene que decidir cómo va a responder. Todos los niños necesitan reglas y expectativas para aprender el comportamiento apropiado. ¿Cómo le enseña un padre a su hijo las reglas y qué deben hacer los padres cuando éstas se rompen?

 Para la mayoría de los padres disciplina equivale al castigo. Pero la palabra disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina tanto técnicas positivas como negativas.

 Cuando se disciplina a los niños, se les enseña a comportarse. Se les dan instrucciones antes de pedirles que intenten poner algo en práctica. Usted se convierte en modelo de comportamiento para ellos. Les señala una y otra vez aquello que están haciendo correctamente. Y cuando es necesario, les indica lo que no hacen bien. La disciplina eficaz es señalar: «Eso está bien», cuando el niño le lanza una mirada en busca de aliento mientras titubea. Cuando el pequeño va a tocar un enchufe, es decir que no. Es ignorar cuando un niño intenta repetidas veces interrumpir una conversación telefónica, pero también prestarle atención en seguida, después de que haya esperado su turno pacientemente. Y es enseñar a un niño más mayor que, aunque sea difícil, hay que saber renunciar a una disputa. Y a veces se trata de permitir que se produzcan consecuencias negativas naturales de su conducta cuando ésta no es la que los padres quieren. Los «síes» son muchas veces más importantes que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo se está comportando tal como los padres desean.

 El ser padre o madre no se completa en un día y la disciplina no es un esfuerzo intermitente. En ambos casos se trata de esfuerzos constantes y consecuentes siendo, al mismo tiempo, eficaces y afectuosos con el niño.

 Hay diferentes estilos de ejercer la paternidad. Las investigaciones indican que los padres efectivos crían hijos bien ajustados que son más auto-dependientes, auto-controlados y positivamente curiosos que aquellos niños criados por padres que castigan, son demasiado estrictos (autoritarios) o que les permiten todo.

 Los padres efectivos operan bajo la creencia de que tanto los niños como los padres tienen ciertos derechos y que las necesidades de ambos son importantes. Los padres efectivos no necesitan hacer uso de la fuerza física para disciplinar al niño, sino que son los que establecen reglas claras y les explican porqué esas reglas son importantes. Los padres efectivos razonan con sus hijos y consideran sus puntos de vista aunque no estén de acuerdo con ellos.

 

            ¿Qué son los límites?

             Son como un muro o barrera ante la cual el niño se tiene que detener, que le indica hasta dónde puede llegar. Es una forma de decirle “hasta aquí”.

 El poner normas, el marcar límites a los niños es muy necesario porque:

-Dan seguridad y protección: Si el niño es más fuerte que los padres, no se podrá sentir protegido por ellos.
-Permite predecir la reacción de los padres ante determinadas situaciones y comportamientos.
-Ayudan al niño a tener claros determinados criterios sobre las cosas. Son una referencia.
-Enseñan al niño a saber renunciar a sus deseos, y ello le prepara para situaciones similares que la vida le deparará.

 Todas las situaciones extremas perjudican el crecimiento y desarrollo del niño:
Tanto el establecer unos límites o normas demasiado estrictas o excesivas en cuanto a cantidad, pues ello no dejaría crecer al niño, como el no poner ningún tipo de límites a su comportamiento. Las consecuencias de esta actitud darán lugar a un niño que no tiene nunca suficiente, cuyas exigencias son cada vez más elevadas y donde las negativas serán cada vez vividas de forma peor. Estaremos pues ante un niño, con gran dificultad en postergar la satisfacción de sus deseos, con lo que ello supone. Su autoestima quedará ligada a la posesión material de cosas, regalos,...es decir, una alta dependencia de las cosas materiales.

 Para que el niño se muestre dispuesto a aceptar las normas o los límites marcados por los padres, es necesario que se cumplan otras condiciones:

-Las
normas marcadas por los padres han de ser realmente necesarias, y, por tanto, no han de ser excesivas, pues ello acabaría por convertirlas a todas en ineficaces.

-Deben centrarse en la conducta: En vez de decir “no molestes a tu hermano”, deberíamos decir: “no le quites sus cuadernos a tu hermano”.

-Deben presentarse de manera positiva: En ves de decir: “no suba los pies al sillón” deberíamos señalar: “pon los pies en el suelo”.

-Deben ser claras: No debemos decir “quiero que seas un buen niño y te portes bien” porque el mensaje “ser buen niño” o “portarse bien” tiene un significado diferente para cada persona y seguramente no hablamos de lo mismo.

-Debemos apoyar lo que decimos con acciones: cuando le decimos a un niño pequeño que no tire la comida en la mesa, pero al mismo tiempo nos hace mucha gracia y nos reímos, la acción y las palabras no coinciden y el mensaje se pierde porque el pequeño responde a la acción y no a las palabras.

-El límite debe expresarse por anticipado: cuando las reglas están claras y son conocidas con anticipación por el niño, él sabrá cómo comportarse.

-Debemos estar seguros que el niño entendió el mensaje: Para estar seguros de ello tenemos que pedirle que repita lo que captó y diga qué es lo que puede o no hacer.

-Los límites deben marcarse con afecto, utilizando un tono de voz normal. Esto lo conseguiremos si expresamos la regla por anticipado, así evitamos el enojo de una situación concreta en que estemos molestos porque se haya portado mal.

-Al establecer los límites hay que presentar alternativas. Podemos proponer “te lavas los dientes antes o después de ponerte el pijama, pero es importante que te los laves”. De esta forma le ayudamos a tomar decisiones y a asumir la responsabilidad de sus acciones.

-Deben reforzarse constantemente y de manera consistente. Hay que repetir las cosas hasta que los conceptos o el comportamiento formen parte de la vida diaria del niño y se vuelvan automáticos. Nada se consigue de la noche a la mañana.

-Debemos especificar por anticipado las consecuencias si la regla no se cumple. Esto ayudará al niño a comprender el efecto que tienen sus acciones en el mundo que le rodea.

-Es normal y habitual que el niño quiera probar, con su actitud y con su conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado.
Es, en ese momento, cuando hay que mostrarse firmes, pues si se cede, después costará mucho más retomar nuevamente el respeto de esas normas.

 También es necesario que los padres adopten una mentalidad flexible que les permita ir adaptando esas normas a la situación, al momento y edad concreta del niño. Es decir, los límites se ponen de manera diferente dependiendo de la etapa de desarrollo.

  -En el primer año:

            El niño llora cuando necesita algo, depende completamente de los adultos, necesita que lo atendamos.

            Hay que establecer la rutina de sueño y alimentación.

 

            -Entre 1 y 2 años:

            Alrededor de los 18 meses sólo entiende órdenes sumamente cortas como “no”. El “no” también debe indicarle a qué se va a enfrentar: “no, porque quema”, “no, porque te cortas”, etc.

 

            -Entre los 2 y 3 años:

            Es la etapa de los berrinches, que es una forma que el niño tiene de descargar tensiones, por lo que debemos detenerlo antes de que explote, o si ya empezó dejar que se calme y explicarle qué pasa.

 

            También es la época del entrenamiento de control de esfínteres y debemos armarnos de paciencia. Por otro lado, como ya pueden caminar y trepar, debemos asegurarnos que puedan explorar su ambiente sin que haya peligro para ellos.

 

            -Entre los 3 y los 4 años:

            Los límites serán sobre todo los relacionados con los hábitos. Les enseñaremos qué deben hacer, les recordaremos qué esperamos de ellos y les repetiremos las reglas cuantas veces sea necesario.

 

            No es raro que en esta época presenten dificultades en el sueño, como pesadillas, o que se pasen a la cama de sus papás por los miedos propios de su edad (oscuridad, monstruos...). Primero hay que dar seguridad y después poner el límite (acompañarlos a su cama).

 

            -Entre los 4 y los 6 años:

            Debemos de tratar de mantener los hábitos ya establecidos y reforzar los límites que tienen que ver con las relaciones entre compañeros.

 

            También es importante reconocer sus logros en la escuela y emplear recompensas para estimular al niño tales como “cuando te vayas a dormir te cuento un cuento”.

 

            -Entre los 6 y los 12 años:

            Los límites deben ser claros y centrarse en la conducta que queremos lograr. Entienden las consecuencias de sus acciones, por lo que ene esta etapa ya podemos establecer dichas consecuencias en relación con los límites que no cumplen.

 

            -Entre los 12 y los 15 años:

            Hay que escuchar lo que los niños tienen que decir, algunas de las reglas se empiezan a negociar y los límites se estiran cada vez más. Tiene que haber normas y consecuencias claras para que los jóvenes tengan conocimiento de hasta dónde pueden llegar.

 

3.- CÓMO ESTABLECER LÍMITES A LAS CONDUCTAS DE LOS NIÑOS

Hablar no es todo; los niños necesitan conocer los límites para su conducta y normalmente no es suficiente una mera explicación.

 Los niños perfectos o los padres perfectos no existen como tales, y hasta ahora no ha habido padres que no dudaran, al menos ocasionalmente, sobre sus propias capacidades como padres y madres. Los niños no se comportan siempre como sus padres quisieran, y cuando los padres no logran cambiar los hábitos de sus hijos, se frustran, se confunden y se muestran inseguros.

             Se deben fijar metas según la edad, personalidad, habilidades, sexo y desarrollo del niño. Los niños no pasan todos por las mismas etapas a las mismas edades, ni son igualmente maleables, y puesto que cada padre es el que mejor conoce a su hijo, debe fiarse de sus propios juicios y de su instinto.

Definir el problema

Antes de hacer cambios hay que saber qué es lo que se desea cambiar. No sirve de nada etiquetar a un niño como irritante, tozudo o rebelde, ya que dichas etiquetas son generalidades y no se puede cambiar algo tan poco definido. Además, no se trata de cambiar a todo el niño, sino solamente su conducta o actitud. Sea específico. No se deje llevar por los sentimientos. Defina y aísle el problema. ¿Que es exactamente lo que el niño hace o no hace repetidas veces y que le disgusta? ¿Qué es exactamente lo que usted quisiera que hiciera más o menos a menudo? Céntrese sobre lo que hace el niño que a usted le saca de quicio. Si usted considera, por ejemplo, que María nunca acaba nada, piense en lo que le lleva a esa conclusión. Desglose la conducta en varias parcelas: María no termina sus deberes; y nunca recoge la ropa. Usted no puede tratar con el hecho de que nunca acabe nada, pero sí puede cambiar su actitud ante los deberes y la ropa.

Tome una hoja de papel y divídala verticalmente por la mitad. Escriba en la parte superior de una mitad Menos veces y de la otra mitad Más a menudo. En la primera columna haga una lista de comportamientos o hábitos específicos que quisiera que el niño hiciera menos; en la segunda columna, escriba el reverso o paralelo de estas conductas, las que se pretenden conseguir más a menudo. Cada punto debe tener su paralelo. Por ejemplo:

 

Menos veces

Más a menudo

Ser respondón.

Hablar con respeto.

Evadirse de lo que se le pide.

Actuar con diligencia.

Dejar el cuarto hecho un lío.

Poner la ropa en un cesto.

 

Enfocar los problemas uno por uno

Una vez se haya decidido exactamente qué comportamientos del niño se desea cambiar, puede surgir la tentación de abordar todos los problemas presentados a la vez. Hay que resistir este impulso y centrarse en cada problema, uno por uno, resolviendo uno antes de pasar al siguiente.

En general intentamos que los padres que llegan con sus listas de conductas indeseables clasifiquen los problemas por orden de importancia. Escogemos uno cualquiera para empezar a trabajar. Al hacer la selección, puede que se elija un comportamiento difícil o uno que sea muy preocupante. Esto está bien, aunque a veces es conveniente empezar por un problema menos significativo que pueda resolverse con rapidez para que todo el mundo comience con una sensación de éxito.

En las semanas o meses que siguen, a medida que se va avanzando en la lista, es posible que haya una tendencia al cambio de prioridades. Surgen nuevos problemas y otros desaparecen o parecen menos importantes. Cada cambio causará un efecto sobre la conducta general del niño en un sentido positivo. Cada cambio supone un paso más para conseguir un niño más cooperador. Debe procederse paso a paso. Las normas antiguas cambiarán. Y usted comprobará que tanto usted como el niño se encontrarán mejor consigo mismos y el uno con el otro.

Sea modesto

Rara vez se soluciona el problema de un niño de la noche a la mañana. Los cambios, tanto en los niños como en los adultos tienden a producirse lentamente y por etapas. Si un niño que antes se negaba a hacer los deberes empieza a hacerlos diez minutos al día, debe usted alegrarse y demostrarlo. Se ha logrado un progreso real. El niño se sentirá bien consigo mismo y esto le animará a trabajar más tiempo. Si ha habido dificultades para hacer que el niño salga de casa por las mañanas, conténtese con que coja el autobús dos días consecutivos y no espere que además se haga la cama. Eso llegará más adelante. Es mucho más productivo que ambos estén encantados con pequeños signos de progreso a que se desilusionen cuando no se cumplan expectativas demasiado exigentes.

 Ser consecuente y constante

Conseguir el éxito final en el cambio de la conducta de un niño requiere ser consecuente y constante. Pensar lo que se dice, decir lo que se piensa, y asegurarse de que todos digan lo mismo. Primero junto con su cónyuge debe llegar a un acuerdo sobre el problema y el plan antes de comenzar a aplicar soluciones. Además de esto, será de gran ayuda si consigue lo mismo de  profesores, otros miembros de la familia y cualquier otra persona que tenga un contacto regular con el niño.

Siempre hay que aplicar una solución con constancia para que sea eficaz. Se ha visto que los padres tienden a abandonar demasiado pronto, y sus hijos lo saben. Unos padres inconstantes no imponen autoridad y sus hijos no respetan sus peticiones porque saben que no necesitan hacerlo. Si lloran o gritan o se resisten el tiempo suficiente, se saldrán con la suya. Una vez tome usted una decisión sobre cómo tratar un problema, no debe fluctuar ni rendirse (dentro de lo razonable, claro está). Por ejemplo, si se ha decidido ignorarle sistemáticamente cuando el niño llora para que le compren caramelos, y si, tras dos veces de ir de compras con él, el padre no soporta los lloriqueos y súplicas o las miradas hostiles de la gente y se rinde, agotado, no sólo no se ha resuelto el problema. Si no que se ha aumentado.

Para ayudar a los padres a ser constantes, es conveniente medir y apuntar los cambios. Muchas veces los cambios son menos evidentes de lo que se espera, pero ahí están. Si el niño hace rabietas, por ejemplo, es útil tomar nota de su frecuencia y duración. Seguramente se sorprenderá usted al descubrir que las rabietas se van haciendo más cortas y menos frecuentes pocos días después de aplicar una técnica. Al notar un progreso, será más fácil continuar lo que se esté haciendo.

Ser positivo

Trate usted de ver la conducta general de su hijo desde una perspectiva positiva. No todo lo que hace el niño resulta desagradable, sólo algunos comportamientos irritan y frustran a los padres. Trabaje sobre dichos comportamientos uno por uno. Mientras tanto, asegúrese de que el niño sabe que usted le quiere y le aprecia y recuerde manifestarle cuándo se está comportando correctamente. Si Juan ha estado haciendo ruido en el restaurante y después se tranquiliza, hay que decirle entonces que apreciamos su modo de actuar. Con un comentario positivo se consigue mucho más que con cualquier crítica. No desprecie nunca la efectividad de los elogios. Los pequeños, sea cual sea su edad o etapa, quieren desesperadamente la aprobación de sus padres (aunque hay que admitir que a veces es difícil de detectar).

Hacerle saber al niño lo que se espera de él

Después de seleccionar el comportamiento que se desea cambiar y elegir una estrategia o solución entre las que se ofrecen, se debe encontrar un momento tranquilo para explicarle al niño lo que va a ocurrir. Hay que mantener siempre una actitud positiva. Simplemente se le está explicando un nuevo acontecimiento.

Describa el objetivo en palabras sencillas, que el niño pueda comprender fácilmente. Se ha comprobado que a menudo los padres hablan a sus hijos en términos adultos, diciéndoles que tienen que ser más responsables o cooperadores. Eso significa muy poco para los niños pequeños. Evite lo abstracto y concéntrese en las cosas concretas. Dígale al niño exactamente lo que va a hacer y lo que se espera de él: «Juan, a partir de hoy vamos a dedicarnos a que te acostumbres a recoger tu ropa sucia, metiéndola en el cesto». Conviene hablarle de lo que se quiere que haga más o menos a menudo.

No se le debe revelar toda la estrategia sino comunicarle de una manera amistosa, cariñosa y sin amenazas cuál es el objetivo hacia el que se pretende avanzar. Según sea la estrategia o soluciones que se han elegido y según la edad del niño, el padre puede tener que dar más información.

 

4.- TÉCNICAS PARA EL CONTROL DE LA CONDUCTA 

 

4.1. CÓMO ELOGIAR

La mayor parte de los padres están preocupados en educar y cuidar de sus hijos. Sólo con esa buena intención piensan que la buena conducta está ya garantizada.  La crítica constante combinada con pocos elogios tiene, generalmente, efectos perniciosos. El niño requiere la atención de los padres y la conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es inadecuado, entonces el niño usará medios inadecuados para llegar a sus padres. Si éstos se concentran en los hechos positivos. se conseguirá una mejor conducta como respuesta porque de este modo el niño obtendrá más atención. Si no se está acostumbrado a elogiar al niño, puede resultar difícil al principio. Pero cuanto más se aplique más natural y fácil será. En seguida se comprobará que los elogios son una influencia tan poderosa que sólo con unos pocos se puede lograr una nueva conducta.

 A veces los padres temen que los niños se acostumbren a depender de los elogios. Es posible que los elogios indiscriminados provoquen problemas con un niño inseguro o que siempre haya sido el centro de atención. Pero se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben bastantes elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los elogios pueden hacer milagros. Si se usan estas directrices al aplicarlos, se comprobará muy pronto que el elogio es una técnica de disciplina netamente eficaz.

  Vamos a ejemplificar una situación para contextualizar lo que supone esta técnica. Elvira y Juan están jugando tranquilamente en su cuarto y nadie les verbaliza que están compartiendo los juguetes y que se están relacionando muy bien. Pero poco después, discuten por una nimiedad y su mamá les grita inmediatamente. Casi siempre los padres centran su atención en lo que los niños hacen mal y no se fijan en lo que hacen bien.

  Elogiar el comportamiento y no la personalidad

 Cuando los padres tienen problemas en la relación con su hijo están tan exasperados que no tienen nada positivo que decir del niño. Describen su personalidad con términos tales como rebelde, vago y egoísta.

 Es un círculo vicioso que no conduce a ningún sitio. Puede cambiarse su conducta, pero la personalidad es más resistente a los cambios. Si se centran los esfuerzos en la conducta, es mucho más probable que se pueda llegar a la meta propuesta. No se debe decir, «Eres una niña buena!» que conlleva el mensaje de que el objetivo es ser bueno siempre, lo cual es una expectativa imposible de cumplir. En lugar de esto se debe decir <<Me gusta cómo has hablado a la abuela>>. Por muchas veces que se diga «niño bueno» o «niña buena» el niño no se formará un concepto positivo de sí mismo, a no ser que tenga respuestas específicas a las propias conductas correctas, ya que la imagen de sí mismo está hecha de sus logros.

 El modo más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios. Moldear con elogios es una herramienta educativa que debe usarse repetidamente para mostrar la aprobación de los comportamientos nuevamente establecidos del niño.

 Usar elogios concretos

 El propósito de elogiar es aumentar conductas deseables, de modo que es necesario hacer hincapié en qué conducta concreta se persigue. Cuanto más concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño qué es lo que hace bien y será más probable que lo repita. Una mañana, por ejemplo, uno se da cuenta de que la niña se ha hecho la cama. En ese momento se está peinando. Si sólo se le dice, «queda muy bien», no sabrá si los padres se refieren a la cama o a su pelo.  Es mejor decir: «Me gusta mucho cómo has hecho la cama esta mañana. Gracias».

 Cuando los padres tienen dificultades para manifestar algo positivo de su hijo, se les pide que mantengan un registro de buenas conductas, donde apuntarán todo lo que el niño hace correctamente. Algunos padres exclaman: «Las páginas estarán en blanco!», pero, normalmente, se asombran de ver cuántas conductas positivas pueden anotar y cuánto les ayuda para aprender a elogiar al niño. Al utilizar esta técnica, se deben compartir las notas con el niño al final del día. Es una buena manera de hablar de los acontecimientos del día y hará bien tanto a los padres como al niño.

  Elogiar los adelantos

 Se debe empezar a elogiar cada pequeño paso dado hacia la conducta deseada, procurando atrapar al niño en un buen comportamiento. Supongamos que le ha dicho al niño que tiene que recoger sus juguetes cuando haya terminado de jugar con ellos, aunque nunca lo haya hecho antes. Elogie cada progreso, por pequeño que sea. Al principio se le elogiará por recoger un juguete aunque los demás sigan en el suelo. Se podría decir: «Está muy bien que recojas tu camión y lo pongas en la caja de juguetes. Te voy a ayudar a que recojas los demás». La próxima vez, se le puede elogiar por recoger dos juguetes, etc.

 O supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida y no deja terminar una conversación telefónica sin interrumpir. La primera vez que espere treinta segundos, es bueno hacer una pausa en la conversación y darle las gracias por no interrumpir. Hay que responder al niño antes de seguir hablando. A la siguiente oportunidad, se debería esperar un poco más antes de hacer la pausa para darle las gracias a fin de que su espera sea «moldeada». Es mejor empezar con objetivos modestos a fin de alcanzar la meta propuesta.

 Cuando el nuevo comportamiento esté bien establecido, se necesitarán menos elogios para mantenerlo. No es necesario continuar elogiando al niño constantemente. Es mejor elogiarle de vez en cuando, quizás cada quinta o décima vez que actúe apropiadamente. Esto será suficiente para ir reforzando la nueva conducta y pronto se hará natural para ambos. No obstante, no suprima nunca los elogios de forma radical.

  Elogiar adecuadamente

 Para suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser adecuado. Abrazos, besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco más mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es mejor mantener una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales. Un guiño o levantar el pulgar le indicará, sin llamar la atención excesivamente, que se ha notado su comportamiento. Más tarde, hay que manifestarle lo bien que lo ha hecho.

 Muchos niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que elogios directos. Decir. «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has hecho la cama realmente bien y has limpiado maravillosamente».

 Deben ustedes juzgar las reacciones de su propio hijo a los elogios para ver si están actuando de la mejor manera posible con él. Si el niño parece no dar importancia a los comentarios paternos pero más adelante repite el buen comportamiento, está usted comprobando que esta forma de elogiar es eficaz.

 Hay que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas buenas si se tienen demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez perderán su efecto. Hay que ser creativo. Pequeñas notas dejadas debajo de una almohada o en una cartera pueden ser más especiales. También puede serlo que el niño oiga que usted le elogia delante de un amigo. Para realzarlo más, se pueden acompañar los elogios de un premio.

 Dígale a su hijo qué es lo que le ha gustado y prémielo con un pequeño regalo, pero reserve las sorpresas para ocasiones especiales para que no se acostumbre.

  Elogiar inmediatamente

 Los elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños, cuando se producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el comportamiento positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños más mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior. El espacio entre la acción de un niño y la respuesta del padre se puede llenar con un gesto si es necesario, y si se escribe en el diario de la buena conducta se puede convertir en una señal privada entre ambos.

 Al anotar lo que el niño está haciendo correctamente y enseñarle el diario, es conveniente decirle algo, como por ejemplo, «Me alegro de ver que estás compartiendo el papel con tu hermana». Más adelante, se puede hacer la cuenta sin largos comentarios escritos, y a la larga la cuenta se puede convertir en una señal de elogio silencioso en el aire, lo que le dará un sentido personal.

  Combinar elogios con amor incondicional

 A los niños les encanta conseguir elogios de sus padres cuando esos son los únicos momentos en los que consiguen que se les preste atención. Algunos padres se preocupan pensando que sus hijos se comportarán bien sólo si reciben el reconocimiento.

 Cuando se trabaja para establecer un nuevo comportamiento, es necesario elogiar constantemente al principio, y luego reducir los elogios gradualmente. Una vez que el niño lo ha aprendido, se debe elogiar sólo de vez en cuando. De todos modos no es posible estar presente cada vez que el niño hace algo correctamente. Cada vez que se hagan comentarios concretos y positivos sobre su conducta, el niño tendrá una visión positiva de sí mismo, y estará así más seguro de si mismo.

 Al mismo tiempo el niño debe saber que se le valora y se le quiere incondicionalmente. aun cuando no se esté trabajando para mejorar su conducta. Abrácele, préstele atención, escúchele, apréciele. Esto garantiza al niño que no necesita «ganarse» su amor porque ya lo tiene.

 

 4.2. CÓMO IGNORAR

 Un modo eficaz de eliminar comportamientos específicos que irritan es simplemente ignorarlos. Puede que al aplicar esta técnica le parezca que no está haciendo nada en absoluto para cambiar las cosas, pero comprobará cómo al ignorar sistemáticamente ciertos comportamientos, y actuando como si no existieran, se consiguen resultados asombrosos. Cuando quieren, los niños hacen cualquier cosa para conseguir la atención total e inmediata de sus padres. Saben exactamente lo que más les puede alterar o irritar especialmente en los momentos más delicados, en el recibidor de la casa justamente cuando llegan los invitados, por ejemplo, o cuando se está hablando por teléfono o en la caja del supermercado. Si se puede ignorar el comportamiento irritante cada vez que se produzca, el niño dejará de actuar de ese modo, pues no obtiene los resultados que busca.

  La ignorancia sistemática es el arte de ignorar los comportamientos que desagradan y prestar atención positiva a los que agradan. Nunca se debe hacer una cosa sin la otra. Sin embargo, antes de intentar esta estrategia, valore usted el comportamiento y decida si se puede ignorar sin problemas.

 Es evidente que no se pueden ignorar conductas peligrosas como correr por la calzada o subirse al frigorífico y tampoco se pueden ignorar acciones intolerables como pegar y morder.

 La ignorancia sistemática es una técnica que utilizan sólo algunos padres eficazmente. En otros, sólo se consigue aumentar la tensión porque su capacidad para ignorar es demasiado baja. Si éste es su caso, puede intentar alguna otra de las soluciones que se ofrecen para tratar el problema.

  Decidir lo que se puede y lo que no se puede ignorar

 Si un niño arroja objetos pesados o juega con enchufes, no se puede ignorar este modo de actuar. Los padres no deben empezar con algo que no van a ser capaces de ignorar durante mucho rato; es preferible no empezar. La mayoría de los comportamientos empeoran antes que mejorar. Hay que preguntarse:«¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» «¿Podré soportarlo?» ¿Podrá la madre aguantar los gritos de su hijo en el supermercado pidiendo donuts mientras el público se vuelve a mirarla con muestras de indignación ante su dureza? Si el niño dice palabrotas delante de la abuela, ¿será capaz el padre de hacerse el sordo? Si no, es mejor elegir otra opción para hacer frente a este comportamiento.

 La ignorancia es particularmente eficaz en conductas que han sido previamente alimentadas por la atención del padre y no funcionará bien con  aquellas conductas que sean normales a ciertas edades o en etapas de desarrollo. La mayoría de los niños de dos o tres años hacen rabietas, y por mucho que se ignoren, es poco realista esperar que desaparezcan. No obstante. la ignorancia sistemática de las primeras rabietas reducirá su persistencia más tarde.

 La ignorancia funciona bien normalmente para detener un comportamiento que siempre ha provocado la atención y ha permitido al niño salirse con la suya con anterioridad. Las rabietas son un buen ejemplo. El quiere un caramelo v usted le dice, «No. ahora no». Llora, se cae al suelo, patalea y grita. Usted intenta resistir, pero al final no lo soporta más y se rinde. Le da el caramelo para detener la rabieta. Las lágrimas se secan, su táctica ha funcionado. Ha reforzado usted la dependencia del niño en las rabietas para el futuro. La próxima vez, en lugar de esto intente salir de la habitación. Puede resultar sorprendente lo rápidamente que el niño deja de llorar.

 

 No prestar atención al comportamiento indeseado

 No se debe reaccionar al comportamiento indeseado de ninguna manera. No hay que decir nada al respecto. No se debe mirar al niño cuando esté actuando. No hay que mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos como reacción a ello. Se debe mirar a otro sitio, hacer como si se estuviera ocupado en otra cosa, salir de la habitación. Si no se puede salir, hay que apartarse disimuladamente todo lo posible. Se debe continuar tanto tiempo como el niño prolongue su comportamiento. Esto no significa tratarlo fríamente, ya que esa es otra forma de atención.

 Tampoco hay que reírse como si tuviera gracia porque la actitud protectora le hará más desafiante. Simplemente se debe simular que se está tan concentrado en lo que se está haciendo que uno no se da cuenta de nada. Un niño solía meter la cabeza en el plato y llorar cuando no se le servía más de algo que le gustaba. Sus padres aprendieron a hablar entre ellos de lo sucio que estaba el candelabro o de sus planes para la cena, ignorando sus lloriqueos. Con el tiempo, cuando aprendió que no era probable que le dieran más comida en ese momento, el niño cogía su cuchara para comer otra cosa que hubiera en el plato. Actualmente, el hábito ha desaparecido. Considere que cualquier intento del niño para captar su atención es un signo de progreso y redoble los esfuerzos por parecer indiferente. No responder, tararear, subir el volumen de la radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas, todos son medios eficaces de no prestar atención.

 

 Esperar que los comportamientos empeoren antes de mejorar

 Cuando se empieza ignorando una mala conducta, el niño hará todo lo que pueda para atraer una atención a la que está acostumbrado. Incrementará la intensidad, volumen y frecuencia de sus actos hasta saber que obtendrá respuesta. Pero no hay que abandonar. No le deje dar por sentado que sus travesuras van a llamar la atención, intente llevar un registro del tiempo que duran, o cuente las ocasiones en que se producen estas conductas para poder superarlas: ello será indicativo de los progresos que se hacen.

 Aunque las pataletas y las quejas parecen durar una eternidad, se pueden medir en segundos e incluso minutos. En el espacio de pocos días, se podrá comprobar cuándo la conducta se intensifica y cuándo va disminuyendo.

 Cuando compruebe que los quejidos duran diez minutos el día que no se da al niño una galleta y sólo ocho minutos al día siguiente, se animará a seguir con la táctica. Después de poco tiempo, el patalear porque no ha conseguido una galleta será sólo un recuerdo. Téngase presente que cuanto más firme se haya sido y menos atención se haya prestado a la conducta, menor será su duración.

 

Reforzar las conductas deseables

Se puede activar la extinción de las conductas indeseables reforzando las buenas conductas con elogios y recompensas. Si se está intentando terminar con los lloriqueos, elogie al niño inmediatamente si se pone a jugar con tranquilidad después de haber dejado de lloriquear. Acérquese a él y demuestre interés en lo que hace. Si el lloriqueo comienza otra vez, ignórelo hasta que pare. Si el niño está jugando con la comida y se ignora lo que está haciendo, préstele atención cuando coja el tenedor. Dígale lo mucho que se aprecia la forma en que está comiendo los guisantes.

 En ocasiones, se pueden potenciar las conductas positivas dirigiendo la atención hacia el niño que se está portando bien, para que el que se está portando mal quiera imitarle. Por ejemplo, en un hogar en el que un niño se levanta continuamente de la mesa mientras los otros están sentados comiendo correctamente. Lo más apropiado es elogiar la conducta de los niños que están sentados correctamente v hacer caso omiso del ir de aquí para allá del otro. Pero cuidado!. si la táctica anima al que se porta mal, no se debe proseguir. Reserve esta táctica en su archivo de todas formas. En otra ocasión funcionará.

 

 4.3. CÓMO PREMIAR

 Las recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos que hacen que el niño se sienta bien por lo que ha hecho y quiera hacer lo mismo más a menudo. Proporcionan motivación.

 La primera vez que el niño dijo papá o mamá, usted reforzó la conducta con sonrisas y caricias. El niño comprobó lo agradable que esto era. La primera vez que se encaramó a la mesa de la cocina y alcanzó la caja de galletas, su recompensa fueron las galletas. En ambos casos, su conducta inicial fue recompensada por los resultados.

 No siempre es fácil la elección de una recompensa apropiada para las conductas correctas del niño. Es un tema de una labor detectivesca, sentido común y un poco de imaginación para detectar qué le puede gustar al niño. Se sugiere preguntar a los niños más mayores qué les gusta para así tener la información necesaria, y también para poder seguir manteniendo el control de la selección.

 

 Hacer un cuestionario

 Para ayudarle a lograrlo sugerimos que se haga un cuestionario de las preferencias del niño como el que se muestra a continuación. Dado que las preferencias del niño cambian con frecuencia, repita el proceso de vez en cuando.

 

 CUESTIONARIO DE REFUERZOS

  1. Dime tres cosas que desearías.

 1 .

 2.

 3.

 

 2. Si tuvieras este dinero, ¿ cómo lo gastarías?

Euros                

0.10

0.50

1

3

10

más

 

 3. Si pudieras hacer algo con papá, ¿qué harías?