1-
CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO. 2-
LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS. 3-
CÓMO ESTABLECER LÍMITES 4-TÉCNICAS
BÁSICAS DE LA EDUCACIÓN: -
4.1. CÓMO ELOGIAR 6-
BIBLIOGRAFÍA 1.-
CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO. Mantener las líneas de
comunicación abiertas entre padres e hijos es extremadamente importante
para una buena relación.
Queremos que nuestros niños compartan sus pensamientos y sentimientos
para poder comprenderles y ayudarles en las crisis de la vida. Queremos
que se expresen apropiadamente en lugar de manifestar sus sentimientos
de forma destructiva. Y queremos que nos escuchen y oigan lo que se les
dice. Los
niños no nacen sabiendo cómo expresar sus pensamientos y sentimientos
apropiadamente. Ni tampoco están automáticamente preparados para
escuchar lo que los padres les dicen y seguir sus directrices. Hay que
enseñarles a expresarse y a escuchar a los demás. A menudo los padres
también necesitan mejorar sus habilidades comunicativas.
Hay que recordar que hablar
no lo es todo. No se pueden solucionar todos los problemas de
conducta hablando, por muy bien que se sepa escuchar, por muy buen
hablador que se sea, o por muy bien que el niño parezca escuchar.
Los niños necesitan conocer los límites para su conducta y normalmente
no es suficiente una mera explicación.
Muchos padres intentan demasiadas veces instruir a sus hijos o razonar
con ellos. Repiten muchas veces las mismas cosas una y otra vez -sólo
que más fuerte- pero no resultan eficaces por eso. Es mejor hablar en
voz baja pero que conlleve una consecuencia real. Se deben alterar las tácticas
según la edad y madurez del niño. Un
error importante que cometen muchos padres es hablar demasiado. Emplean
sus habilidades comunicativas en una etapa demasiado temprana de la vida
del niño, usando las palabras antes de que el niño quiera escuchar o
sea capaz de comprender. Consejos
básicos Es
cierto que los padres deben empezar en una etapa temprana a construir
una base para comunicarse con el niño, pero no se pueden esperar
resultados hasta más tarde. Pasar
de más consecuencias con menos palabras, a más comunicación con menos
consecuencias es apropiado a medida que el niño entra en la
adolescencia. En ese momento, los padres tendrán cada vez menos control sobre las
consecuencias en la vida de su hijo. Los
padres que tratan siempre de razonar con un niño muy pequeño,
comprueban que el niño se hace más y más difícil al ir creciendo.
Luego, cuando empieza a actuar como un adolescente, intentan ponerse
duros con las consecuencias fuertes. Pero el adolescente que sólo está
acostumbrado a las palabras a menudo se rebela contra las nuevas
restricciones más que el adolescente normal. En general, lo mejor es usar más
dirección con un niño pequeño y más comunicación con un niño más
mayor. Por ejemplo,
decirle a un niño de dos años que la estufa quema lo puede llegar a
entender con el tiempo, pero decirle “retira la mano” y en voz alta:
“¡no!2, le hace comprender de forma inmediata lo que se le quiere dar
a entender. Por otra parte, un niño de trece años al que se encuentra
bebiendo cerveza puede necesitar un castigo, pero no servirá de mucho
si no tiene información sobre el alcohol y las drogas. Cómo
deben escuchar los padres para que el niño hable con ellos Escuchar a través del
comportamiento. Los
padres se convierten en expertos en leer el lenguaje del cuerpo de los
niños pequeños, pero muchas veces no se dan cuenta de que los niños
siguen comunicándose a través de su conducta mucho después de haber
aprendido a dominar el lenguaje. Los
niños más mayores y los adolescentes se comunican no verbalmente
manifestando frecuentemente sus sentimientos cuando están bajo presión. Cuando
el niño empieza a actuar de una forma distinta, es
posible que no se trate de una nueva etapa de su desarrollo. Quizás
intente comunicar algo. Definir sentimientos. Con
niños pequeños, lo mejor es ayudarle a definir sus emociones. Decirle
que es normal que se sienta «molesto» y que cuando se siente así,
debe pedir ayuda. Se debe añadir una consecuencia, tal como, «cuando
tires las cosas no las volverás a ver durante dos días». También
se puede sugerir una consecuencia tal como, «cuando necesites ayuda pídela,
estaré muy orgullosa de tí y te ayudaré con gusto». Por supuesto que
después hay que hacerlo, amablemente y en seguida. E1 proceso de enseñar a un niño
a identificar y expresar sus sentimientos supone años y mucha
insistencia. Pero
habrá muchas oportunidades para ayudarle a interpretarlos. A medida que
se vaya haciendo mayor, se debe empezar a ser una especie de detective
en lugar de dar la definición solamente: "Suena como si estuvieras
enfadado con Jesús", o, «Parece que te preocupa algo. ¿Qué
crees que es?» Luego, tras una corta charla, quizás el niño informe
que está «celoso» de Jesús porque tiene más éxito con la gente. Es
necesario tener tiempo
para escuchar. Hay
ocasiones en las que es difícil encontrar un momento para escuchar al
niño, pero es esencial hacerlo si se quiere conseguir una buena
comunicación y se ha de mantener la onda disponible cuando realmente se
precise. También es esencial para él tener la oportunidad de hablar
con el padre y la madre individualmente, especialmente en familias de
padres sin pareja de padres de hijos distintos, o de divorciados. Cuando
llega la adolescencia puede ser difícil empezar a escuchar y hablar.
Pero si se ha comenzado pronto, la buena comunicación puede allanar el
camino. Se
debe permitir a los niños que cuenten sus experiencias cotidianas y sus
sentimientos a sus padres, que se sientan libres para darles detalles de
lo que les está ocurriendo no basta con mantener alguna conversación
profunda de vez en cuando. La comunicación no es sólo
una cuestión de calidad, sino también de cantidad.
Este es un punto extremadamente importante y nunca se hará bastante
hincapié en ello. Una gran conversación nunca compensará años de
silencio. Pasos
que pueden ayudar a mantener una comunicación con el niño Comuníquese
regularmente. Asigne
un rato cada día para hablar con el niño Aunque sólo sean cinco
minutos a la hora de acostarse. Siéntese a hablar. E1 tiempo variará,
pero el hecho debe fijarse en el horario. Repase
citas para hablar.
Cuando el niño pide a sus padres que hablen con él o da pistas no
verbales de que algo le está preocupando, es bueno sentarse en un lugar
privado cuanto antes o acordar una cita con él para hablar más tarde.
Particularmente con los niños pequeños lo mejor es hablar en ese mismo
instante. Normalmente se trata tan sólo de unos minutos y esto hace que
el niño piense que lo que tiene que decir es lo bastante importante
para que sus padres dejen lo que están haciendo y le escuchen. Si
no hay otro remedio que aplazar la charla,
se debe asignar otro momento
más tarde: «No podemos hablar ahora porque hay demasiado ruido, pero
hablemos de ello en tu habitación esta noche en cuanto estén recogidos
los platos de la cena». Asegúrese siempre de cumplir la cita. Préstele
la máxima atención.
Diga al resto de la familia que no moleste, acuda a un lugar privado y
actúe como si tuviera todo el tiempo del mundo para escuchar. Preste al
niño la misma atención que la que se prestaría a un amigo que viniera
a hablar de un problema importante. Inicie
la conversación. Algunas veces, cuando los niños quieren hablar,
les cuesta mucho arrancar. De modo que pueden ser de ayuda frases como
«Hablemos» o «Dime lo que te preocupa». Pero cuanto más específicas
sean las frases de apertura, mejor. Se puede decir, por ejemplo, «Cuando
llegaste del colegio hoy parecías muy triste. ¿Me quieres contar qué
te ha pasado?». Si el niño indica que, en efecto, pasó algo en la
escuela pero no quiere hablar de ello en ese momento, debe saber que
habrá tiempo para hablar más tarde. Si el niño necesita un pequeño
empujón adicional, hágalo suavemente para ayudarle a arrancar. Intente
contarle un cuento, lea un libro o comente sobre una situación similar.
A veces la mejor manera de ayudarle a empezar es sentarse abrazándole y
esperar tranquilamente a que arranque. Mantenerla.
Una vez que se ha comenzado, utilice todos los medios para mantener la
conversación viva. Los adultos tienen la tendencia a dar soluciones,
consejos, o incluso a hacer discursos a los niños. Hay que resistir la
tentación. Muchos niños se quejan de que no pueden comunicarse con sus
padres porque cada vez que lo intentan, se les lanza un discurso. ¡Simplemente
hay que escuchar! Utilice
preguntas para suscitar la confianza y para que el niño continúe
hablando. «¿Y
entonces qué pasó?» «¿Qué dijo?». O bien haga afirmaciones de
apoyo que muestren comprensión por lo que el niño siente. «Seguro que
eso te enfureció a mí me habría enfadado mucho si me hubieran hecho
eso.» O incluso exclamaciones cortas como «¡Oh no!» o «¡Aj!»
pueden hacer avanzar la conversación. Escuchar
activamente. El escuchar activamente significa repetir al niño lo que
ha dicho o interpretarlo. Si el niño dice, «Luis me ha pegado», el
padre responde, «¡Te ha pegado!». A continuación, para conocer
sentimientos más profundos, los padres pueden responder con algo como:
«Luis es tu mejor amigo, seguro que te hirió especialmente el que
fuera él quien te pegara». Aunque no se acierte, incluso una
interpretación poco exacta provocará, normalmente más respuestas por
parte del niño. Sígale el hilo al niño como un científico simpático
y un amigo en lagar de un policía haciendo una interrogación. Los
padres han de pensar que se deben poner a la altura de la visión del
mundo que el niño tiene, no necesariamente de la «verdad» exacta
sobre lo que ocurrió. No hay que exagerar ésta o cualquier otra técnica.
Si se repite cada afirmación que el niño hace o se hacen demasiadas
preguntas, quizás el niño se sienta incómodo o se interrumpa. Haga
saber al niño que se aprecia su esfuerzo por compartir. Cuando el
niño habla a sus padres de acontecimientos importantes de su vida, éstos
deben expresar que les parece fantástico. Se le puede decir simplemente
«Gracias por contarme esto». O quizás, «Sé que te habrá sido difícil
hablar de eso. Me alegro de que sientas que puedes hablar conmigo cuando
algo te esta preocupando». Otra manera de compartir los sentimientos es
abrazarlo. Cómo
hablar al niño Si
los niños se hacen los sordos continuamente cuando se les pide algo no
es porque sean sordos. Se trata de una tendencia a desconectar hasta que
el volumen de la voz paterna llega a un punto crítico determinado en el
que el niño sabe que la cosa se está poniendo seria. Para
acabar con este problema se requieren dos ingredientes esenciales: los
padres tienen que decir lo que piensan y pensar lo que dicen. Es decir
deben elegir sus palabras con cuidado y después apoyarlas con acciones
justas, consecuentes y con sentido. El niño aprenderá rápidamente a
escuchar la primera vez que se le pida algo. Para lograr esto es
preciso: Establecer
un contacto visual. Ya que los niños se distraen con tanta facilidad,
los padres deben asegurarse de que el niño les mira cuando le están
hablando. Este podría ser el factor más importante para conseguir que
el niño siga las instrucciones de sus padres o simplemente para que
escuche. Hay
que enseñar lo que significa el contacto visual. Enseñar con el juego
de las miradas: Sentarse cara a cara a. aproximadamente un metro de
distancia y ver quién es el primero en desviar la mirada. Cronometre al
niño, indicándole cuánto tiempo aguantó la mirada. Si
el niño es muy tímido o se siente incómodo mirando directamente a los
ojos de sus padres, conviene enseñarle a mirar a la boca o a toda la
cara. Hay
veces en las que es necesario usar el contacto físico para conseguir la
atención de un niño. En este caso, es conveniente tocarle ligeramente
el hombro o, si es necesario, orientarle hacia sí colocándole las
manos sobre el hombro y girando al niño suavemente. Hay que usar esta técnica
sólo como recurso e intentar eliminarla en seguida. En un niño más
mayor un mero rozamiento de hombro podría provocar una confrontación
inmediata en vez de conseguir que escuchara. Cuando el niño mira a sus
padres cuando éstos están hablando, es bueno elogiarle por ello y
manifestarle que se le agradece. Más adelante, se le puede elogiar por
escuchar y por hacer lo que se le pide sin demora. Hablar
con voz sosegada y firme. Si siempre se habla al niño con voz severa o
se levanta la voz al pedirle algo, aprenderá a desconectar hasta que la
voz de sus padres alcance el volumen máximo. Si los padres se dan
cuenta de que cada vez levantan más la voz deben detenerse, respirar
profundamente, restablecer el contacto visual, hablar lentamente y con
mucha claridad. Decir, «Carlos (con largas pausas entre palabra y
palabra, contacto visual), quiero...que...recojas...tu...ropa...y...
que...la...pongas...en...el...cesto...ahora». Evitar
utilizar preguntas en lugar de afirmaciones. Si se le dice al niño,
«¿Qué tal si recoges la ropa?» no sería de extrañar que
contestara, «¡Ahora no!». Si se le dice, «Ahora podemos fregar los
platos», le da lugar a decir «No, ahora no». Cuando no hay ninguna
duda sobre lo que se quiere que haga el niño hay que hacer afirmaciones
definitivas que le indiquen exactamente lo que tiene que hacer, cuándo,
dónde y como. Utilizar
frases sencillas. No se deben usar palabras que el niño no comprenda.
Hable clara y sencillamente. No hable demasiado. Las instrucciones o
explicaciones largas pueden hacer que el niño pierda interés o se
olvide de lo que se le dijo al principio. Los niños tienen una
capacidad limitada para recordar retahílas de información verbal. La
comunicación corta y simple con su consecuencia lógica será
comprendida y recordada infinitamente mejor que un largo discurso. En
vez de extenderse sobre la responsabilidad, el significado del dinero y
la inflación mundial, es mejor ofrecer al niño una elección clara: «O
guardas la bicicleta ahora o no la verás durante el fin de semana». Decir
al niño lo que se piensa. Los padres deben explicar al niño los
sentimientos que producen sus acciones o actitudes en lugar de
criticarle directamente. Por ejemplo, «Me enfado mucho cuando dejas el
cuarto de baño desordenado y lo tengo que limpiar yo». O, «Temía que
te hubieras perdido cuando no llegaste a casa a la hora». Si
se conjugan las frases en primera persona en lugar de en segunda se
puede evitar la crítica, las culpabilidades, o el ataque directo
sin dejar por ello de expresar emociones fuertes con eficacia. 2.
- LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS. Los
niños no siempre hacen lo que los padres quieren. Cuando el niño se
comporta mal, el padre tiene que decidir cómo va a responder. Todos los
niños necesitan reglas y expectativas para aprender el comportamiento
apropiado. ¿Cómo le enseña un padre a su hijo las reglas y qué deben hacer los
padres cuando éstas se rompen? Para
la mayoría de los padres disciplina equivale al castigo. Pero la
palabra disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina
tanto técnicas positivas como negativas. Cuando
se disciplina a los niños, se les enseña a comportarse. Se les dan
instrucciones antes de pedirles que intenten poner algo en práctica.
Usted se convierte en modelo de comportamiento para ellos. Les señala
una y otra vez aquello que están haciendo correctamente. Y cuando es
necesario, les indica lo que no hacen bien. La disciplina eficaz es señalar:
«Eso está bien», cuando el niño le lanza una mirada en busca de
aliento mientras titubea. Cuando el pequeño va a tocar un enchufe, es
decir que no. Es ignorar cuando un niño intenta repetidas veces
interrumpir una conversación telefónica, pero también prestarle
atención en seguida, después de que haya esperado su turno
pacientemente. Y es enseñar a un niño más mayor que, aunque sea difícil,
hay que saber renunciar a una disputa. Y a veces se trata de permitir
que se produzcan consecuencias negativas naturales de su conducta cuando
ésta no es la que los padres quieren. Los «síes» son muchas veces más
importantes que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo
se está comportando tal como los padres desean. El
ser padre o madre no se completa en un día y la disciplina no es un
esfuerzo intermitente. En ambos casos se trata de esfuerzos constantes y
consecuentes siendo, al mismo tiempo, eficaces y afectuosos con el niño. Hay
diferentes estilos de ejercer la paternidad. Las investigaciones indican
que los padres efectivos crían hijos bien ajustados que son más
auto-dependientes, auto-controlados y positivamente curiosos que
aquellos niños criados por padres que castigan, son demasiado estrictos
(autoritarios) o que les permiten todo. Los
padres efectivos operan bajo la creencia de que tanto los niños como
los padres tienen ciertos derechos y que las necesidades de ambos son
importantes. Los padres efectivos no necesitan hacer uso de la fuerza física
para disciplinar al niño, sino que son los que establecen reglas claras
y les explican porqué esas reglas son importantes. Los padres efectivos
razonan con sus hijos y consideran sus puntos de vista aunque no estén
de acuerdo con ellos.
¿Qué son los límites? Son
como un muro o barrera ante la cual el niño se tiene que detener, que
le indica hasta dónde puede llegar. Es una forma de decirle “hasta aquí”. El
poner normas, el
marcar límites a los niños es muy necesario
porque: Todas
las situaciones extremas perjudican el crecimiento y desarrollo del niño: Para
que el niño se muestre dispuesto a aceptar las normas o los límites
marcados por los padres, es necesario que se cumplan otras
condiciones: -Deben
centrarse en la conducta:
En vez de decir “no molestes a tu hermano”, deberíamos decir: “no
le quites sus cuadernos a tu hermano”. -Deben
presentarse de manera positiva:
En ves de decir: “no suba los pies al sillón” deberíamos señalar:
“pon los pies en el suelo”. -Deben
ser claras:
No debemos decir “quiero que seas un buen niño y te portes bien”
porque el mensaje “ser buen niño” o “portarse bien” tiene un
significado diferente para cada persona y seguramente no hablamos de lo
mismo. -Debemos
apoyar lo que decimos con acciones:
cuando le decimos a un niño pequeño que no tire la comida en la mesa,
pero al mismo tiempo nos hace mucha gracia y nos reímos, la acción y
las palabras no coinciden y el mensaje se pierde porque el pequeño
responde a la acción y no a las palabras. -El
límite debe expresarse por anticipado:
cuando las reglas están claras y son conocidas con anticipación por el
niño, él sabrá cómo comportarse. -Debemos
estar seguros que el niño entendió el mensaje:
Para estar seguros de ello tenemos que pedirle que repita lo que captó
y diga qué es lo que puede o no hacer. -Los
límites deben marcarse con afecto,
utilizando un tono de voz normal. Esto lo conseguiremos si expresamos la
regla por anticipado, así evitamos el enojo de una situación concreta
en que estemos molestos porque se haya portado mal. -Al
establecer los límites hay que presentar alternativas.
Podemos proponer “te lavas los dientes antes o después de ponerte el
pijama, pero es importante que te los laves”. De esta forma le
ayudamos a tomar decisiones y a asumir la responsabilidad de sus
acciones. -Deben
reforzarse constantemente y de manera consistente.
Hay que repetir las cosas hasta que los conceptos o el comportamiento
formen parte de la vida diaria del niño y se vuelvan automáticos. Nada
se consigue de la noche a la mañana. -Debemos
especificar por anticipado las consecuencias si la regla no se cumple.
Esto ayudará al niño a comprender el efecto que tienen sus acciones en
el mundo que le rodea. -Es
normal y habitual que el niño quiera probar,
con su actitud y con su conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es
la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado. También
es necesario que los padres adopten una mentalidad flexible que les
permita ir adaptando esas normas a la situación, al momento y edad
concreta del niño. Es
decir, los límites se ponen de manera diferente dependiendo de la etapa
de desarrollo.
-En el
primer año:
El
niño llora cuando necesita algo, depende completamente de los adultos,
necesita que lo atendamos. Hay
que establecer la rutina de sueño y alimentación. -Entre
1 y 2 años:
Alrededor
de los 18 meses sólo entiende órdenes sumamente cortas como “no”.
El “no” también debe indicarle a qué se va a enfrentar: “no,
porque quema”, “no, porque te cortas”, etc. -Entre
los 2 y 3 años:
Es
la etapa de los berrinches, que es una forma que el niño tiene de
descargar tensiones, por lo que debemos detenerlo antes de que explote,
o si ya empezó dejar que se calme y explicarle qué pasa. También
es la época del entrenamiento de control de esfínteres y debemos
armarnos de paciencia. Por otro lado, como ya pueden caminar y trepar,
debemos asegurarnos que puedan explorar su ambiente sin que haya peligro
para ellos. -Entre
los 3 y los 4 años: Los
límites serán sobre todo los relacionados con los hábitos. Les enseñaremos
qué deben hacer, les recordaremos qué esperamos de ellos y les
repetiremos las reglas cuantas veces sea necesario. No
es raro que en esta época presenten dificultades en el sueño, como
pesadillas, o que se pasen a la cama de sus papás por los miedos
propios de su edad (oscuridad, monstruos...). Primero hay que dar
seguridad y después poner el límite (acompañarlos a su cama). -Entre
los 4 y los 6 años: Debemos
de tratar de mantener los hábitos ya establecidos y reforzar los límites
que tienen que ver con las relaciones entre compañeros. También
es importante reconocer sus logros en la escuela y emplear recompensas
para estimular al niño tales como “cuando te vayas a dormir te cuento
un cuento”. -Entre
los 6 y los 12 años:
Los
límites deben ser claros y centrarse en la conducta que queremos
lograr. Entienden las consecuencias de sus acciones, por lo que ene esta
etapa ya podemos establecer dichas consecuencias en relación con los límites
que no cumplen.
-Entre los 12 y los 15 años:
Hay
que escuchar lo que los niños tienen que decir, algunas de las reglas
se empiezan a negociar y los límites se estiran cada vez más. Tiene
que haber normas y consecuencias claras para que los jóvenes tengan
conocimiento de hasta dónde pueden llegar. 3.- CÓMO ESTABLECER LÍMITES A LAS CONDUCTAS DE LOS NIÑOS Hablar
no es todo; los niños necesitan conocer los límites para su conducta y
normalmente no es suficiente una mera explicación. Los
niños perfectos o los padres perfectos no existen como tales, y hasta
ahora no ha habido padres que no dudaran, al menos ocasionalmente, sobre
sus propias capacidades como padres y madres. Los niños no se comportan
siempre como sus padres quisieran, y cuando los padres no logran cambiar
los hábitos de sus hijos, se frustran, se confunden y se muestran
inseguros.
Se deben fijar metas según la edad, personalidad, habilidades,
sexo y desarrollo del niño. Los niños no pasan todos por las mismas
etapas a las mismas edades, ni son igualmente maleables, y puesto que
cada padre es el que mejor conoce a su hijo, debe fiarse de sus propios
juicios y de su instinto. Definir
el problema Antes
de hacer cambios hay que saber qué es lo que se desea cambiar. No sirve
de nada etiquetar a un niño como irritante, tozudo o rebelde, ya que
dichas etiquetas son generalidades y no se puede cambiar algo tan poco
definido. Además, no se trata de cambiar a todo el niño, sino
solamente su conducta o actitud. Sea específico. No se deje llevar por
los sentimientos. Defina y aísle el problema. ¿Que es exactamente lo
que el niño hace o no hace repetidas veces y que le disgusta? ¿Qué es
exactamente lo que usted quisiera que hiciera más o menos a menudo? Céntrese
sobre lo que hace el niño que a usted le saca de quicio. Si usted
considera, por ejemplo, que María nunca acaba nada, piense en lo que le
lleva a esa conclusión. Desglose la conducta en varias parcelas: María
no termina sus deberes; y nunca recoge la ropa. Usted no puede tratar
con el hecho de que nunca acabe nada, pero sí puede cambiar su actitud
ante los deberes y la ropa. Tome
una hoja de papel y divídala verticalmente por la mitad. Escriba en la
parte superior de una mitad Menos veces y de la otra mitad Más a
menudo. En la primera columna haga una lista de comportamientos o hábitos
específicos que quisiera que el niño hiciera menos; en la segunda
columna, escriba el reverso o paralelo de estas conductas, las que se
pretenden conseguir más a menudo. Cada punto debe tener su paralelo.
Por ejemplo:
Enfocar
los problemas uno por uno Una
vez se haya decidido exactamente qué comportamientos del niño se desea
cambiar, puede surgir la tentación de abordar todos los problemas
presentados a la vez. Hay que resistir este impulso y centrarse en cada
problema, uno por uno, resolviendo uno antes de pasar al siguiente. En
general intentamos que los padres que llegan con sus listas de conductas
indeseables clasifiquen los problemas por orden de importancia.
Escogemos uno cualquiera para empezar a trabajar. Al hacer la selección,
puede que se elija un comportamiento difícil o uno que sea muy
preocupante. Esto está bien, aunque a veces es
conveniente empezar por un
problema menos significativo que pueda resolverse con rapidez para
que todo el mundo comience con una sensación de éxito. En
las semanas o meses que siguen, a medida que se va avanzando en la
lista, es posible que haya una tendencia al cambio de prioridades.
Surgen nuevos problemas y otros desaparecen o parecen menos importantes.
Cada cambio causará un efecto sobre la conducta general del niño en un
sentido positivo. Cada cambio supone un paso más para conseguir un niño
más cooperador. Debe procederse paso a paso. Las normas antiguas
cambiarán. Y usted comprobará que tanto usted como el niño se
encontrarán mejor consigo mismos y el uno con el otro. Sea
modesto Rara vez se soluciona el
problema de un niño de la noche a la mañana.
Los cambios, tanto en los niños como en los adultos tienden a
producirse lentamente y por etapas. Si un niño que antes se negaba a
hacer los deberes empieza a hacerlos diez minutos al día, debe usted
alegrarse y demostrarlo. Se ha logrado un progreso real. El niño se
sentirá bien consigo mismo y esto le animará a trabajar más tiempo.
Si ha habido dificultades para hacer que el niño salga de casa por las
mañanas, conténtese con que coja el autobús dos días consecutivos y
no espere que además se haga la cama. Eso llegará más adelante. Es
mucho más productivo que ambos estén encantados con pequeños signos
de progreso a que se desilusionen cuando no se cumplan expectativas
demasiado exigentes. Ser
consecuente y constante Conseguir
el éxito final en el cambio de la conducta de un niño requiere ser
consecuente y constante. Pensar lo que se dice, decir lo que se piensa, y asegurarse de que todos
digan lo mismo. Primero junto con su cónyuge debe llegar a
un acuerdo sobre el problema y el plan antes de comenzar a aplicar
soluciones. Además de esto, será de gran ayuda si consigue lo mismo de
profesores, otros miembros de la familia y cualquier otra persona
que tenga un contacto regular con el niño. Siempre
hay que aplicar una solución con constancia para que sea eficaz. Se ha
visto que los padres tienden a abandonar demasiado pronto, y sus hijos
lo saben. Unos padres inconstantes no imponen autoridad y sus hijos no
respetan sus peticiones porque saben que no necesitan hacerlo. Si lloran
o gritan o se resisten el tiempo suficiente, se saldrán con la suya.
Una vez tome usted una decisión sobre cómo tratar un problema, no debe
fluctuar ni rendirse (dentro de lo razonable, claro está). Por ejemplo,
si se ha decidido ignorarle sistemáticamente cuando el niño llora para
que le compren caramelos, y si, tras dos veces de ir de compras con él,
el padre no soporta los lloriqueos y súplicas o las miradas hostiles de
la gente y se rinde, agotado, no sólo no se ha resuelto el problema. Si
no que se ha aumentado. Para ayudar a los padres a ser
constantes, es conveniente medir y apuntar los cambios.
Muchas veces los cambios son menos evidentes de lo que se espera, pero
ahí están. Si el niño hace rabietas, por ejemplo, es útil tomar nota
de su frecuencia y duración. Seguramente se sorprenderá usted al
descubrir que las rabietas se van haciendo más cortas y menos
frecuentes pocos días después de aplicar una técnica. Al notar un
progreso, será más fácil continuar lo que se esté haciendo. Ser
positivo Trate
usted de ver la conducta general de su hijo desde una perspectiva
positiva. No todo lo que hace el niño resulta desagradable, sólo
algunos comportamientos irritan y frustran a los padres. Trabaje sobre
dichos comportamientos uno por uno. Mientras tanto, asegúrese de que el
niño sabe que usted le quiere y le aprecia y recuerde manifestarle cuándo
se está comportando correctamente. Si Juan ha estado haciendo ruido en
el restaurante y después se tranquiliza, hay que decirle entonces que
apreciamos su modo de actuar. Con
un comentario positivo se consigue mucho más que con cualquier crítica. No desprecie nunca la efectividad de los
elogios. Los pequeños, sea cual sea su edad o etapa, quieren
desesperadamente la aprobación de sus padres (aunque hay que admitir
que a veces es difícil de detectar). Hacerle
saber al niño lo que se espera de él Después
de seleccionar el comportamiento que se desea cambiar y elegir una
estrategia o solución entre las que se ofrecen, se debe encontrar un
momento tranquilo para explicarle al niño lo que va a ocurrir. Hay que
mantener siempre una actitud positiva. Simplemente se le está
explicando un nuevo acontecimiento. Describa el objetivo en
palabras sencillas,
que el niño pueda comprender fácilmente. Se ha comprobado que a menudo
los padres hablan a sus hijos en términos adultos, diciéndoles que
tienen que ser más responsables o cooperadores. Eso significa muy poco
para los niños pequeños. Evite lo abstracto y concéntrese
en las cosas concretas. Dígale al niño exactamente lo que va a
hacer y lo que se espera de él: «Juan, a partir de hoy vamos a
dedicarnos a que te acostumbres a recoger tu ropa sucia, metiéndola en
el cesto». Conviene hablarle de lo que se quiere que haga más o menos
a menudo. No
se le debe revelar toda la estrategia sino comunicarle de una manera
amistosa, cariñosa y sin amenazas cuál es el objetivo hacia el que se
pretende avanzar. Según sea la estrategia o soluciones que se han
elegido y según la edad del niño, el padre puede tener que dar más
información. 4.-
TÉCNICAS PARA EL CONTROL DE LA CONDUCTA 4.1.
CÓMO ELOGIAR
La
mayor parte de los padres están preocupados en educar y cuidar de sus
hijos. Sólo con esa buena intención piensan que la buena conducta está
ya garantizada. La crítica constante combinada con pocos elogios tiene,
generalmente, efectos perniciosos. El niño requiere la atención de los
padres y la conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es inadecuado,
entonces el niño usará medios inadecuados para llegar a sus padres. Si
éstos se concentran en los hechos positivos. se conseguirá una mejor
conducta como respuesta porque de este modo el niño obtendrá más
atención. Si no se está acostumbrado a elogiar al niño, puede
resultar difícil al principio. Pero cuanto más se aplique más natural
y fácil será. En seguida se comprobará que los elogios son una
influencia tan poderosa que sólo con unos pocos se puede lograr una
nueva conducta. A
veces los padres temen que los niños se acostumbren a depender de los
elogios. Es posible que los elogios indiscriminados provoquen problemas
con un niño inseguro o que siempre haya sido el centro de atención.
Pero se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben
bastantes elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los
elogios pueden hacer milagros. Si se usan estas directrices al
aplicarlos, se comprobará muy pronto que el elogio es una técnica de
disciplina netamente eficaz. Vamos
a ejemplificar una situación para contextualizar lo que supone esta técnica.
Elvira y Juan están jugando tranquilamente en su cuarto y nadie les
verbaliza que están compartiendo los juguetes y que se están
relacionando muy bien. Pero poco después, discuten por una nimiedad y
su mamá les grita inmediatamente. Casi siempre los padres centran su
atención en lo que los niños hacen mal y no se fijan en lo que hacen
bien. Elogiar el comportamiento y no la personalidad Cuando
los padres tienen problemas en la relación con su hijo están tan
exasperados que no tienen nada positivo que decir del niño. Describen
su personalidad con términos tales como rebelde, vago y egoísta. Es
un círculo vicioso que no conduce a ningún sitio. Puede cambiarse su
conducta, pero la personalidad es más resistente a los cambios. Si se
centran los esfuerzos en la conducta, es mucho más probable que se
pueda llegar a la meta propuesta. No se debe decir, «Eres una niña
buena!» que conlleva el mensaje de que el objetivo es ser bueno
siempre, lo cual es una expectativa imposible de cumplir. En lugar de
esto se debe decir <<Me gusta cómo has hablado a la
abuela>>. Por muchas veces que se diga «niño bueno» o «niña
buena» el niño no se formará un concepto positivo de sí mismo, a no
ser que tenga respuestas específicas a las propias conductas correctas,
ya que la imagen de sí mismo está hecha de sus logros. El
modo más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios.
Moldear con elogios es una herramienta educativa que debe usarse
repetidamente para mostrar la aprobación de los comportamientos
nuevamente establecidos del niño. Usar elogios concretos El
propósito de elogiar es aumentar conductas deseables, de modo que es
necesario hacer hincapié en qué conducta concreta se persigue. Cuanto
más concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño qué es lo que
hace bien y será más probable que lo repita. Una mañana, por ejemplo,
uno se da cuenta de que la niña se ha hecho la cama. En ese momento se
está peinando. Si sólo se le dice, «queda muy bien», no sabrá si
los padres se refieren a la cama o a su pelo. Es mejor decir: «Me gusta mucho cómo has hecho la cama esta
mañana. Gracias». Cuando
los padres tienen dificultades para manifestar algo positivo de su hijo,
se les pide que mantengan un registro de buenas conductas, donde apuntarán
todo lo que el niño hace correctamente. Algunos padres exclaman: «Las
páginas estarán en blanco!», pero, normalmente, se asombran de ver cuántas
conductas positivas pueden anotar y cuánto les ayuda para aprender a
elogiar al niño. Al utilizar esta técnica, se deben compartir las
notas con el niño al final del día. Es una buena manera de hablar de
los acontecimientos del día y hará bien tanto a los padres como al niño. Elogiar los adelantos Se
debe empezar a elogiar cada pequeño paso dado hacia la conducta
deseada, procurando atrapar al niño en un buen comportamiento.
Supongamos que le ha dicho al niño que tiene que recoger sus juguetes
cuando haya terminado de jugar con ellos, aunque nunca lo haya hecho
antes. Elogie cada progreso, por pequeño que sea. Al principio se le
elogiará por recoger un juguete aunque los demás sigan en el suelo. Se
podría decir: «Está muy bien que recojas tu camión y lo pongas en la
caja de juguetes. Te voy a ayudar a que recojas los demás». La próxima
vez, se le puede elogiar por recoger dos juguetes, etc. O
supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida
y no deja terminar una conversación telefónica sin interrumpir. La
primera vez que espere treinta segundos, es bueno hacer una pausa en la
conversación y darle las gracias por no interrumpir. Hay que responder
al niño antes de seguir hablando. A la siguiente oportunidad, se debería
esperar un poco más antes de hacer la pausa para darle las gracias a
fin de que su espera sea «moldeada». Es mejor empezar con objetivos
modestos a fin de alcanzar la meta propuesta. Cuando
el nuevo comportamiento esté bien establecido, se necesitarán menos
elogios para mantenerlo. No es necesario continuar elogiando al niño
constantemente. Es mejor elogiarle de vez en cuando, quizás cada quinta
o décima vez que actúe apropiadamente. Esto será suficiente para ir
reforzando la nueva conducta y pronto se hará natural para ambos. No
obstante, no suprima nunca los elogios de forma radical. Elogiar adecuadamente Para
suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser adecuado. Abrazos,
besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras
correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco
más mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es
mejor mantener una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales.
Un guiño o levantar el pulgar le indicará, sin llamar la atención
excesivamente, que se ha notado su comportamiento. Más tarde, hay que
manifestarle lo bien que lo ha hecho. Muchos
niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que elogios
directos. Decir. «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por
aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has
hecho la cama realmente bien y has limpiado maravillosamente». Deben
ustedes juzgar las reacciones de su propio hijo a los elogios para ver
si están actuando de la mejor manera posible con él. Si el niño
parece no dar importancia a los comentarios paternos pero más adelante
repite el buen comportamiento, está usted comprobando que esta forma de
elogiar es eficaz. Hay
que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas buenas si se tienen
demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez perderán su
efecto. Hay que ser creativo. Pequeñas notas dejadas debajo de una
almohada o en una cartera pueden ser más especiales. También puede
serlo que el niño oiga que usted le elogia delante de un amigo. Para
realzarlo más, se pueden acompañar los elogios de un premio. Dígale
a su hijo qué es lo que le ha gustado y prémielo con un pequeño
regalo, pero reserve las sorpresas para ocasiones especiales para que no
se acostumbre. Elogiar
inmediatamente Los
elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños, cuando
se producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el
comportamiento positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños
más mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior. El espacio
entre la acción de un niño y la respuesta del padre se puede llenar
con un gesto si es necesario, y si se escribe en el diario de la buena
conducta se puede convertir en una señal privada entre ambos. Al
anotar lo que el niño está haciendo correctamente y enseñarle el
diario, es conveniente decirle algo, como por ejemplo, «Me alegro de
ver que estás compartiendo el papel con tu hermana». Más adelante, se
puede hacer la cuenta sin largos comentarios escritos, y a la larga la
cuenta se puede convertir en una señal de elogio silencioso en el aire,
lo que le dará un sentido personal. Combinar elogios con amor incondicional A
los niños les encanta conseguir elogios de sus padres cuando esos son
los únicos momentos en los que consiguen que se les preste atención.
Algunos padres se preocupan pensando que sus hijos se comportarán bien
sólo si reciben el reconocimiento. Cuando
se trabaja para establecer un nuevo comportamiento, es necesario elogiar
constantemente al principio, y luego reducir los elogios gradualmente.
Una vez que el niño lo ha aprendido, se debe elogiar sólo de vez en
cuando. De todos modos no es posible estar presente cada vez que el niño
hace algo correctamente. Cada vez que se hagan comentarios concretos y
positivos sobre su conducta, el niño tendrá una visión positiva de sí
mismo, y estará así más seguro de si mismo. Al
mismo tiempo el niño debe saber que se le valora y se le quiere
incondicionalmente. aun cuando no se esté trabajando para mejorar su
conducta. Abrácele, préstele atención, escúchele, apréciele. Esto
garantiza al niño que no necesita «ganarse» su amor porque ya lo
tiene. 4.2.
CÓMO IGNORAR Un
modo eficaz de eliminar comportamientos específicos que irritan es
simplemente ignorarlos. Puede que al aplicar esta técnica le parezca
que no está haciendo nada en absoluto para cambiar las cosas, pero
comprobará cómo al ignorar sistemáticamente ciertos comportamientos,
y actuando como si no existieran, se consiguen resultados asombrosos.
Cuando quieren, los niños hacen cualquier cosa para conseguir la atención
total e inmediata de sus padres. Saben exactamente lo que más les puede
alterar o irritar especialmente en los momentos más delicados, en el
recibidor de la casa justamente cuando llegan los invitados, por
ejemplo, o cuando se está hablando por teléfono o en la caja del
supermercado. Si se puede ignorar el comportamiento irritante cada vez
que se produzca, el niño dejará de actuar de ese modo, pues no obtiene
los resultados que busca. La ignorancia sistemática es el arte de ignorar los
comportamientos que desagradan y prestar atención positiva a los que
agradan. Nunca se debe hacer una cosa sin la otra. Sin embargo, antes de
intentar esta estrategia, valore usted el comportamiento y decida si se
puede ignorar sin problemas. Es
evidente que no se pueden ignorar conductas peligrosas como correr por
la calzada o subirse al frigorífico y tampoco se pueden ignorar
acciones intolerables como pegar y morder. La
ignorancia sistemática es una técnica que utilizan sólo algunos
padres eficazmente. En otros, sólo se consigue aumentar la tensión
porque su capacidad para ignorar es demasiado baja. Si éste es su caso,
puede intentar alguna otra de las soluciones que se ofrecen para tratar
el problema. Decidir
lo que se puede y lo que no se puede ignorar Si
un niño arroja objetos pesados o juega con enchufes, no se puede
ignorar este modo de actuar. Los padres no deben empezar con algo que no
van a ser capaces de ignorar durante mucho rato; es preferible no
empezar. La mayoría de los comportamientos empeoran antes que mejorar.
Hay que preguntarse:«¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» «¿Podré
soportarlo?» ¿Podrá la madre aguantar los gritos de su hijo en el
supermercado pidiendo donuts mientras el público se vuelve a mirarla
con muestras de indignación ante su dureza? Si el niño dice palabrotas
delante de la abuela, ¿será capaz el padre de hacerse el sordo? Si no,
es mejor elegir otra opción para hacer frente a este comportamiento. La
ignorancia es particularmente eficaz en conductas que han sido
previamente alimentadas por la atención del padre y no funcionará bien
con aquellas conductas que sean normales a ciertas edades o en
etapas de desarrollo. La mayoría de los niños de dos o tres años
hacen rabietas, y por mucho que se ignoren, es poco realista esperar que
desaparezcan. No obstante. la ignorancia sistemática de las primeras
rabietas reducirá su persistencia más tarde. La
ignorancia funciona bien normalmente para detener un comportamiento que
siempre ha provocado la atención y ha permitido al niño salirse con la
suya con anterioridad. Las rabietas son un buen ejemplo. El quiere un
caramelo v usted le dice, «No. ahora no». Llora, se cae al suelo,
patalea y grita. Usted intenta resistir, pero al final no lo soporta más
y se rinde. Le da el caramelo para detener la rabieta. Las lágrimas se
secan, su táctica ha funcionado. Ha reforzado usted la dependencia del
niño en las rabietas para el futuro. La próxima vez, en lugar de esto
intente salir de la habitación. Puede resultar sorprendente lo rápidamente
que el niño deja de llorar. No
prestar atención al comportamiento indeseado
No
se debe reaccionar al comportamiento indeseado de ninguna manera. No hay
que decir nada al respecto. No se debe mirar al niño cuando esté
actuando. No hay que mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos
como reacción a ello. Se debe mirar a otro sitio, hacer como si se
estuviera ocupado en otra cosa, salir de la habitación. Si no se puede
salir, hay que apartarse disimuladamente todo lo posible. Se debe
continuar tanto tiempo como el niño prolongue su comportamiento. Esto
no significa tratarlo fríamente, ya que esa es otra forma de atención.
Tampoco
hay que reírse como si tuviera gracia porque la actitud protectora le
hará más desafiante. Simplemente se debe simular que se está tan
concentrado en lo que se está haciendo que uno no se da cuenta de nada.
Un niño solía meter la cabeza en el plato y llorar cuando no se le
servía más de algo que le gustaba. Sus padres aprendieron a hablar
entre ellos de lo sucio que estaba el candelabro o de sus planes para la
cena, ignorando sus lloriqueos. Con el tiempo, cuando aprendió que no
era probable que le dieran más comida en ese momento, el niño cogía
su cuchara para comer otra cosa que hubiera en el plato. Actualmente, el
hábito ha desaparecido. Considere que cualquier intento del niño para
captar su atención es un signo de progreso y redoble los esfuerzos por
parecer indiferente. No responder, tararear, subir el volumen de la
radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas, todos son
medios eficaces de no prestar atención. Esperar
que los comportamientos empeoren antes de mejorar
Cuando
se empieza ignorando una mala conducta, el niño hará todo lo que pueda
para atraer una atención a la que está acostumbrado. Incrementará la
intensidad, volumen y frecuencia de sus actos hasta saber que obtendrá
respuesta. Pero no hay que abandonar. No le deje dar por sentado que sus
travesuras van a llamar la atención, intente llevar un registro del
tiempo que duran, o cuente las ocasiones en que se producen estas
conductas para poder superarlas: ello será indicativo de los progresos
que se hacen. Aunque
las pataletas y las quejas parecen durar una eternidad, se pueden medir
en segundos e incluso minutos. En el espacio de pocos días, se podrá
comprobar cuándo la conducta se intensifica y cuándo va disminuyendo. Cuando
compruebe que los quejidos duran diez minutos el día que no se da al niño
una galleta y sólo ocho minutos al día siguiente, se animará a seguir
con la táctica. Después de poco tiempo, el patalear porque no ha
conseguido una galleta será sólo un recuerdo. Téngase presente que
cuanto más firme se haya sido y menos atención se haya prestado a la
conducta, menor será su duración. Reforzar
las conductas deseables
Se
puede activar la extinción de las conductas indeseables reforzando las
buenas conductas con elogios y recompensas. Si se está intentando
terminar con los lloriqueos, elogie al niño inmediatamente si se pone a
jugar con tranquilidad después de haber dejado de lloriquear. Acérquese
a él y demuestre interés en lo que hace. Si el lloriqueo comienza otra
vez, ignórelo hasta que pare. Si el niño está jugando con la comida y
se ignora lo que está haciendo, préstele atención cuando coja el
tenedor. Dígale lo mucho que se aprecia la forma en que está comiendo
los guisantes. En
ocasiones, se pueden potenciar las conductas positivas dirigiendo la
atención hacia el niño que se está portando bien, para que el que se
está portando mal quiera imitarle. Por ejemplo, en un hogar en el que
un niño se levanta continuamente de la mesa mientras los otros están
sentados comiendo correctamente. Lo más apropiado es elogiar la
conducta de los niños que están sentados correctamente v hacer caso
omiso del ir de aquí para allá del otro. Pero cuidado!. si la táctica
anima al que se porta mal, no se debe proseguir. Reserve esta táctica
en su archivo de todas formas. En otra ocasión funcionará. 4.3.
CÓMO PREMIAR Las
recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos que hacen que
el niño se sienta bien por lo que ha hecho y quiera hacer lo mismo más
a menudo. Proporcionan motivación. La
primera vez que el niño dijo papá o mamá, usted reforzó la conducta
con sonrisas y caricias. El niño comprobó lo agradable que esto era.
La primera vez que se encaramó a la mesa de la cocina y alcanzó la
caja de galletas, su recompensa fueron las galletas. En ambos casos, su
conducta inicial fue recompensada por los resultados. No
siempre es fácil la elección de una recompensa apropiada para las
conductas correctas del niño. Es un tema de una labor detectivesca,
sentido común y un poco de imaginación para detectar qué le puede
gustar al niño. Se sugiere preguntar a los niños más mayores qué les
gusta para así tener la información necesaria, y también para poder
seguir manteniendo el control de la selección. Hacer
un cuestionario
Para
ayudarle a lograrlo sugerimos que se haga un cuestionario de las
preferencias del niño como el que se muestra a continuación. Dado que
las preferencias del niño cambian con frecuencia, repita el proceso de
vez en cuando. CUESTIONARIO
DE REFUERZOS 1. Dime tres cosas que desearías. 1
. 2. 3. 2. Si tuvieras este dinero, ¿ cómo lo gastarías? Euros
0.10
0.50
1 3 10 más 3. Si pudieras hacer algo con papá, ¿qué harías? 4.
Si pudieras hacer algo especial con mamá ¿qué harías? 5.
¿Qué privilegios especiales te gustaría tener?
(ver más televisión, irte más tarde a la cama, etc.). 6.
¿Qué te gustaría hacer con un amigo? (ir al cine, jugar a mini-golf,
comer un helado, etc.). El cuestionario le dará una lista de recompensas posibles.
Divídalas en listas de pequeñas recompensas que se pueden usar a
diario y en recompensas mayores que serán apropiadas para los progresos
semanales o mensuales. Por ejemplo: Recompensas
diarias
Pegatinas
Postre Recompensas
semanales
Libro Película Recompensas
mensuales
Atracción,
Juego Variar
las recompensas
Hay
algunas estrategias para que la selección de recompensas sea más
eficaz. Una de ellas es variar las recompensas para que no pierdan su
atractivo. Luis
estaba muy contento de
conseguir un animalito de plástico cada vez que utilizaba el orinal en
lugar de mojar sus pantalones. Ganó muchos. Pero después de un par de
semanas perdió interés en los animalitos de plástico. Seleccione
varios tipos diferentes de recompensas del repertorio que se ha extraído
de los cuestionarios. Posteriormente, alterne las recompensas materiales
con actividades y privilegios especiales. Cuando sea posible, ofrezca
recompensas apropiadas a la conducta que se está reforzando. El
acostarse media hora más tarde puede ser una recompensa lógica por
haber estado listo para ir a la escuela a tiempo y de buen humor. Cumplir siempre Se
deben entregar siempre las recompensas inmediatamente. Para el niño, el
incumplimiento o el retraso al entregar una recompensa prometida,
suponen una traición. No se deben hacer promesas que no se pueden
cumplir y tampoco haga cambios. Cuando el niño se gana una recompensa,
los padres deben entregársela. El niño debe saber que se cumplirán
las promesas. Necesidad
de dedicar tiempo El
modificar la conducta de un niño requiere tiempo y también la motivación
adecuada. Al principio, hay que recompensar cualquier progreso. usando
la recompensa para dar forma a la nueva conducta. Posteriormente. se
requerirán menos esfuerzos para mantenerla. Se
puede comentar el caso de Elvira, una pequeña que quería hacerlo todo
sin ayuda siempre y que no
quería admitir que a veces la necesitaba. A pesar de la seguridad que
le daban sus padres y los maestros, las lágrimas eran la respuesta a
sus frustraciones en la escuela. Se estableció un sistema para ayudar a
la niña a pedir ayuda o a proseguir con sus tareas sin llorar. Se le
dijo a Elvira que ganaría un punto cada vez que pidiera ayuda o
persistiera en una tarea sin llorar. Sus maestros la ayudaron a llevar
la cuenta. Cada tarde, ganaba una recompensa de su lista (lazos,
pasadores. baratijas de plástico, ir en bici, o más tiempo para leer
antes de ir a dormir). Sus puntos también podían ser utilizados para
que ganara el color adecuado en la parte de un gráfico para una
recompensa más importante. Primero se recompensaron los ojos llorosos,
pero no los sollozos, luego la ausencia total de lágrimas. Lentamente,
los puntos necesarios para la recompensa se fueron incrementando para
que pudiera ganar una recompensa en días alternos, después, una vez
por semana. Los
cambios en la conducta de Elvira fueron notables. Lloraba menos,
perseveraba más en sus tareas, pedía ayuda cuando la necesitaba y
sonreía más a menudo. A medida que su tolerancia a la frustración se
iba incrementando y su nueva conducta, más madura, se iba
estabilizando, la frecuencia de las recompensas se hizo menos
progresivamente y el maestro enviaba notas semanales, en lugar de notas
diarias. Los rostros sonrientes de la familia reemplazaron al gráfico y
finalmente, incluso las notas semanales se hicieron discontinuas ante la
insistencia de Elvira. En la actualidad, sus padres siguen sorprendiéndola
con recompensas de vez en cuando, para que sepa que aprecian su
conducta. El progreso de esta niña demuestra que unas reglas básicas
ayudan al uso eficaz de las recompensas.
Los padres han de
definir con exactitud lo que quieren que el niño haga más a menudo.
Con la máxima precisión que sea posible, se debe definir qué debe
hacer para obtener la recompensa. No hay que decir <<Debes ser más
responsable>> sino: «Por favor, hazte bien la cama por las mañanas». Recompense los progresos iniciales con recompensas inmediatas
o diarias. La capacidad del niño de adquirir premios debe ser el doble
al inicio del plan. La primera vez que guarde correctamente sus
juguetes, puede ser recompensado con una pegatina, además de un punto
de una recompensa que vale cinco puntos. Utilice marcas o estrellas en
un gráfico para anotar los puntos, o deje que el niño coloree una
parte del cohete (ver Fig. 1). Las medidas visuales son más importantes
cuanto más pequeño es el niño. Incremente
gradualmente los requisitos, a medida que el niño haga progresos. Por
ejemplo, si la meta es que el niño ordene los juguetes en su sitio
cuando haya terminado de jugar, al principio hay que darle una
recompensa inmediata cuando ordene un juguete. Cuando ya haya obtenido
varias recompensas, habrá que cambiar el criterio, para que tenga que
ordenar dos o tres juguetes para obtener la recompensa. Con el tiempo,
hay que ir incrementando lo que se espera del niño todavía más para
dar forma a la conducta ,pero no hay que hacer cambios demasiado rápidos. Figura 1 Gráfico del cohete de Chad
Colorear
una parte cada vez que se cepille los dientes. Una
vez incrementados los requisitos, si el niño no obtiene una recompensa
cada día, los padres deben decirle lo mucho que lo sienten y advertirle
que al día siguiente tendrá otra oportunidad. Y deben decirle además
que ordene los juguetes que ha olvidado. Hay
que ir eliminando gradualmente las recompensas diarias. Cuando se haya
llegado a la conclusión que la nueva conducta ha quedado bien
establecida, se han de disminuir lentamente las recompensas diarias,
explicándolo en términos positivos. «Lo estás haciendo tan bien que
no creo que necesites una sorpresa cada día. Ahora puedes ganar una
sorpresa mayor al final de la semana». Entregue las recompensas diarias
en día alternos, y después del tercer día, hasta llegar a recompensar
sólo excepcionalmente. Alargue
gradualmente el tiempo necesario para obtener una gran recompensa. Las
conductas establecidas requieren menos refuerzos para mantenerse, así
que hay que empezar a poner
el listón de requisitos más alto para las grandes recompensas. Elegir
un elemento o actividad que requiera varias semanas. El uso de uno de
los gráficos para visualizar el progreso del niño hacia los objetivos
define claramente cuántos puntos debe ganar para recibir la recompensa.
Con cada recompensa, incremente el «precio», para que la próxima vez
se tarde más tiempo en conseguirla. Mientras tanto se debe elogiar y
dar ocasionalmente pequeñas recompensas para reforzar la nueva
conducta. Comience
a dejar la fase de las recompensas para sustituirla por las
consecuencias naturales y el reconocimiento. Cuando los padres están
seguros de que la nueva conducta se ha convertido en un hábito
positivo, deben sustituir las recompensas por consecuencias naturales
positivas y mantenerlas con su reconocimiento. Una consecuencia natural
de haber aprendido a comportarse en la mesa sería la de dejar que el niño
elija su restaurante favorito para acudir un día ya que tiene tan
buenos modales en la mesa. Coméntele lo bien que se está comportando y
anime a los demás a que hagan lo mismo. 4.4.
USO DE GRÁFICOS
Amelia muestra con
orgullo sus gráficos a todas las visitas. Está lleno de estrellas que
ha ganado por cepillarse los dientes después de cada comida, sin que
sus padres tengan que recordárselo. Juan
se lleva al colegio una tarjeta-índice dividida en columnas diarias. Su
maestro hace una marca en la tarjeta cada vez que el niño termina a
tiempo una tarea. Corre hacia su casa después de la escuela y
transfiere las marcas al gráfico que tiene colgado en el frigorífico,
ya que está acumulando puntos para ganar un video-juego. Muchos
profesionales utilizan gráficos para anotar sus beneficios, hallazgos
de investigación y resultados de pruebas. Los gráficos suponen una
forma excelente de poner de manifiesto las nuevas conductas del niño de
manera clara y simple. Para que sea eficaz un gráfico debe ser simple y
de fácil lectura. Algunos padres nos han enseñado gráficos con los
que habían tenido poco éxito y era bastante evidente el motivo de su
fracaso. Eran complicados, con múltiples conductas que sólo un
ingeniero hubiera podido seguir. Los gráficos no están pensados para
complicar la vida a los padres y a los niños. Su objetivo es
proporcionar un medio visual para trazar la conducta del niño. Algunas
sugerencias. Dejar que el niño decore su propio gráfico con dibujos,
pegatinas, o recortes. El gráfico puede tener una forma de lago que sea
del agrado del niño, de la conducta que se está aprendiendo o bien de
la recompensa para las que se está trabajando. Puede colocarse donde el
niño quiera: en la cocina, en el espejo del dormitorio o escondido en
un cajón. Cada gráfico debe ser parte de un sistema de obtención de
recompensas a corto o a largo plazo. Los gráficos deben seguir las siguientes líneas básicas: Centrarse
en una sola conducta (o conductas asociadas) cada vez Es
imposible cambiarlo todo de golpe y el intentarlo agobiaría a todos los
implicados. Tomar un problema cada vez, e ir añadiendo los otros de
forma apropiada. Jaime tenia problemas matutinos. Se levantaba tarde, no
quería hacerse la cama y no le quedaba tiempo para desayunar. Primero
se atajó el problema de levantarse tarde. Cuando empezó a levantarse
regularmente, con el despertador, se añadió al gráfico el hacer la
cama y el criterio para ganar un punto incluyó, a partir de entonces,
ambas conductas. Cuando dichas conductas fueron modificadas, se añadió
el desayuno a la lista. Las tres conductas se agruparon en un gráfico
como «Responsabilidades matutinas». Hacer
gráficos fáciles de usar, leer y mantener Cuando
se está tratando una conducta diaria, hay que utilizar un gráfico
inspirado en el calendario, como el de la siguiente figura. Figura
2. Gráfico de Andrés (cepillado de dientes)
Andrés
gana un punto cada vez que se cepilla los dientes sin que tengan que
recordárselo. Cuando
la conducta a tratar es de las que tienen lugar varias veces al día
entonces va mejor un gráfico dividido en intervalos de tiempo
apropiados (Fig. 3). El gráfico de la Fig. 3 se utilizó para enseñar
a Elvira a no quejarse. Dado que las quejas no ocurren en horarios
fijos, el gráfico le permitía ganar estrellas cada hora que pasaba sin
quejarse. Figura
3. Gráfico de Elvira
Elvira
gana un punto por cada hora en que no se queja. La madre de Elvira hizo
el gráfico con un papel de color vivo, con pegatinas y dibujos para
hacerlo más atractivo. En ocasiones, especialmente con los niños
mayores, los periodos problemáticos se sitúan por la mañana temprano,
al final de la tarde y por la noche. El gráfico se diseñó para animar
a Antonio a seguir mejor las instrucciones. Como trabajaba para
conseguir un juego de construcción de un avión, diseñó el gráfico
en forma de avión (Fig. 4). Ser
muy firme hasta que la conducta haya quedado establecida Hay
que tener fe en el gráfico, no hay que olvidarlo ningún día, hay que
reforzar la nueva conducta con muchos elogios y consecuencias naturales.
Cuando el nuevo hábito haya quedado establecido, ir retirando las
recompensas. Para
resumir la técnica de utilizar gráficos de forma eficaz, tomemos a
Jaime como ejemplo. Originalmente ganó una recompensa por cada punto
ganado diariamente, con un punto por cada buena conducta. Más tarde,
cuando él consiguió cumplir las tres conductas (levantarse temprano,
hacer la cama y tomarse el desayuno) ganó un punto. Además de las
recompensas diarias, cada uno de estos puntos le permite al niño ganar
una parte de una recompensa más importante (un balón) mediante la
acumulación de puntos hasta llegar a seis. Con un poco de perseverancia
ganó todos sus puntos y obtuvo su balón. La siguiente recompensa
costaba siete anotaciones y la siguiente, ocho. De esta forma, las
recompensas se hicieron menos frecuentes, hasta su total extinción,
aunque sus padres le sorprendían ocasionalmente con una pequeña
sorpresa por portarse bien. Figura
4. Gráfico de Jaime
Jaime
gana puntos por seguir instrucciones No
intente razonar con un niño que rechaza el «no» como respuesta. Este
niño ha aprendido que su perseverancia da resultados y que si él
persiste los demás ceden al final. El repetir varias veces «Pero. ¿por
qué no puedo?» puede convertirse en algo muy molesto, especialmente si
ya se le ha contestado varias veces. No
hay que enfadarse: esto conduce la mayoría de las veces a un
sentimiento de culpa en lugar de al éxito. Tampoco hay que ceder. Si el
ignorar no encaja con el carácter de algunos padres o si no es factible
en ciertos momentos, hay que intentar la técnica del disco rayado. Esto
significa que hay que responder con una versión adulta de la misma
conducta. Es
el caso del niño que está dando la lata porque quiere picar algo antes
de la cena. En primer lugar no puede estar demasiado hambriento, y
tampoco se le quiere dar nada para no estropear su apetito para la cena.
Se le explica la decisión que se ha tomado de forma razonable una vez.
Después, como respuesta a sus súplicas adicionales, se le repite lo
mismo, de forma corta como, por ejemplo, «No comerás nada antes de la
cena». No importa lo creativos que se vuelvan los argumentos del niño,
repita sólo «No comerás nada antes de la cena». Esta técnica es más
efectiva cuando se simula prestar poca atención a las quejas. Los
padres deben continuar lo que estaban haciendo, cantando la respuesta
cada vez que el niño ruegue de nuevo. Se obtienen resultados
interesantes. El niño puede reaccionar primero enfadándose. Puede
hacer una rabieta, gritar o quejarse. Pero sus peticiones irán
disminuyendo porque se cansará de pedir y obtener siempre la misma
respuesta. 4.6.
CÓMO CASTIGAR Todos
los padres tienen firmes opiniones sobre el castigo y todos, lo admitan
o no, usan el castigo como una forma para enseñar al niño la conducta
adecuada. Si se manda al niño a su habitación, se le restringe el
tiempo para ver televisión, se le retira un juguete que adora o se
exclama con firmeza ¡No! cuando un niño que anda a gatas intenta
encaramarse al fogón, se están empleando los principios del castigo
para modificar conductas. Sería
maravilloso poder educar a los niños utilizando sólo técnicas
positivas, pero no siempre es posible. Para enseñarles patrones de
conductas deseables, hay que hacer uso de las consecuencias positivas y
negativas. El castigo no debe considerarse necesariamente como bueno o
malo. Los expertos no están en contra de su aplicación. Están a favor
del uso eficaz del castigo, con una buena técnica. Pero el castigo solo
no produce los efectos deseados. Ello se debe a que es totalmente
negativo. Enseña al niño lo que no debe hacer en lugar de lo que se
debe hacer. Cuando se utiliza aislado, sin el equilibrio de refuerzos
positivos para conductas adecuadas, no enseña al niño cómo reemplazar
la mala conducta por otra más aceptable. Marta
de tres años, se sube a una silla para coger un vaso. Su madre la baja
de la silla y la riñe por haber subido. Silvia se echa a llorar y dice
«Ya no lo volveré a hacer, mamá». Esto es correcto de momento, pero
¿ha aprendido que hay tazas más abajo o que la próxima vez debe pedir
ayuda? Aprendió lo que no debe hacer, pero no lo que debe hacer en el
futuro. Además los efectos del castigo ocasional son buenos pero cuando
se usa un castigo muy a menudo, pierde eficacia. Este
es el clásico efecto de la adaptación y es una de las razones por las
que no recomendamos el pegar como una forma de castigo. Dado que el
castigo es, a veces, una técnica necesaria, la cuestión que se plantea
es cuándo y cómo usarlo. Se sugiere seguir los siguientes puntos básicos: Elegir
un castigo que reduzca la conducta no deseada El
castigo es solamente eficaz si hace que disminuya la probabilidad de que
una conducta inapropiada se repita. Esto es especialmente cierto si
recibe pocos elogios por sus acciones positivas. Si con el bofetón, el
sermón, la prohibición o la retirada de juguetes o permisos no se
consiguen resultados, no puede hablarse de castigo. Un
ejemplo clásico es el de Enrique, de nueve años. Se le envió a su
habitación por haber pegado a su hermana. En su habitación, jugó con
los robots y con el ordenador. Cuando su madre fue a decirle que podía
salir, estaba viendo a su héroe favorito en la televisión. No podía
haberle importado menos que le enviasen a su habitación. Al salir,
volvió a pegar a su hermana por crearle problemas. El
consejo de los expertos es el de observar los efectos que tiene el
castigo. Si la conducta indexada decrece, entonces la consecuencia debe
ser el castigo. Si no es así, no vale la pena repetir la acción. Hay
que probar otra. Use
el castigo con moderación Si
se usa el castigo demasiado a menudo, el niño se habitúa y deja de ser
eficaz. Cualquier acción -incluso si es eficaz- como la regañina, la
prohibición de televisión y el azote, se verá debilitada con el abuso
y no tendrá los efectos deseados cuando se necesite. Usar
el castigo combinado con técnicas positivas Cuando
se escoge el castigo, asegúrese de que se está proporcionando también
disciplina positiva. En sí mismo, el castigo no enseña al niño a
portarse bien. Para animar al niño a actuar de la forma deseada, se
deben definir, enseñar y recompensar las conductas positivas que se
quieren establecer. Si se castiga a un niño por correr de un lado a
otro de la calle, hay que enseñarle también a pararse, mirar y
escuchar antes de cruzar la calle. Elógiele por quedarse en la acera o
por mirar cuidadosamente antes de cruzar la calle. Esto hará que el
castigo por comportamientos indexados sea más eficaz. No
retrase el castigo Si
se va a castigar al niño, hágalo tan pronto como sea posible después
de la mala conducta. Las conductas se controlan mediante consecuencias
inmediatas, así que no hay que esperar «hasta que venga papá». No
espere hasta la tarde, o hasta mañana, o la semana que viene. Todo
castigo pierde su eficacia si se retrasa y el niño puede no
relacionarlo con la mala conducta que lo causó. Explique
siempre las consecuencias El
niño debe saber qué conductas le desagradan y lo que va a ocurrir si
continúa perseverando. Explíquele cuáles son las reglas y las
consecuencias que seguirán si no las tiene en cuenta. Sea
firme El
castigo eficaz no es solamente repentino, sino que también es
predecible. Debe darse siempre y en cada ocasión en que ocurra la mala
conducta. Si se le ha dicho al niño que si tira un módulo de
construcción lo perderá, se le debe quitar el módulo inmediatamente
después de que lo haya tirado. No
amenace en vano No
hay que amenazar al niño con castigarle y luego no seguir adelante. No
hay que darle una segunda, tercera , décima oportunidad antes de entrar
en acción. Se debe decir lo que se va a hacer y hacer lo que se ha
dicho en todas las ocasiones. La falta de consistencia y las amenazas
vanas conducen a la mala conducta, que se convierte en más firme y más
resistente al cambio. Dar
una oportunidad para la buena conducta. El efecto inmediato del castigo
es enseñar al niño lo que es correcto, pero hay que darle la
oportunidad de que demuestre lo que ha aprendido. Los castigos
prolongados no permiten que se dé esto último. Por ejemplo, tomemos el
caso de volver a casa. El niño llega tarde a casa cada noche o ha
ignorado diversas llamadas para entrar en casa a cenar. Usted, en el
enfado, le mantiene en casa durante un mes. Durante este mes, el niño
no puede demostrar que ha aprendido a entrar en casa o a responder a las
llamadas. Puede estar tan resentido por el castigo, que se escape o actúe
como un animal enjaulado. Si se le castiga teniendo que ir directamente
de la escuela a casa durante dos días entonces tiene la oportunidad de
demostrar que ha aprendido las reglas. A lo largo de un mes tiene muchas
oportunidades para volver a ganarse la confianza de los padres. Como
principio general, no se recomienda el castigo físico, pero existen
algunas excepciones aisladas. Si, por ejemplo un niño de dos años
quiere introducir un objeto metálico dentro de una toma de corriente,
se debe gritar ¡ No!, coger el objeto metálico y darle al niño un
golpe en las manos. Para los niños que todavía gatean, esto es mucho más
eficaz que una conferencia sobre los peligros de la electricidad. Una
actitud alternativa, realmente más eficaz con algunos niños, es seguir
sujetando la mano del niño al tiempo que se le dice ¡No! enfáticamente.
La restricción momentánea funciona bien a menudo con niños pequeños.
También es una buena alternativa cuando los padres están tan
frustrados que se dan cuenta de que pueden perder los estribos y pegar
al niño con demasiada fuerza. Nunca
se debe aplicar el castigo físico en un estado de ira. Si se decide
pegar al niño, hay que hacerlo como una elección consciente en vez de
como una respuesta emocional del momento. La acción del padre debe ser
breve, con propósito y controlada. Se cree que los límites del castigo
físico deben ser un cachete en la mano o en el trasero con la mano
abierta. Cualquier cosa que sobrepase ese límite podría llegar a ser
peligrosa. Nunca se deben usar cinturones, varas, o cualquier otro
objeto para pegar a un niño. En
su lugar, se deben intentar las técnicas de control no físico como son
la de ponerle de cara a la pared, la sobrecorrección y otras formas de
castigo como las restricciones y supresión de privilegios u objetos.
Hay que recordar siempre que las mejores técnicas de disciplina
incluyen consecuencias tanto positivas como negativas previstas como
forma de cambiar una conducta.
4.7.
CÓMO MANDAR A UN NIÑO AL RINCÓN La
mayoría de las técnicas para hacer de padre no son nuevas. La del rincón
lleva mucho tiempo utilizándose. Se utiliza también con otros nombres,
como la de poner de cara a la pared o la de fuera de juego. En términos
prácticos, significa apartar al niño de una actividad o situación
para que no pueda tomar parte en esa actividad o recibir elogios y
atención. Como técnica de castigo, puede ser muy eficaz si se utiliza
correctamente. Se deben incorporar los siguientes pasos en el plan: Elegir
cuidadosamente el rincón o fuera de juego Para
que sea eficaz la técnica del rincón o fuera de juego, el niño tiene
que sentir que le falta algo mejor de lo que está experimentando en el
rincón. Por lo tanto, el lugar debe ser un sitio aburrido -no cruel,
oscuro, o tenebroso- simplemente aburrido. Puede servir cualquier lugar
de la casa que no sea interesante. Un «rincón de meditación»
funcionará también, si está apartado de la zona principal de la
actividad familiar. Un dormitorio también sirve si el niño puede ser
reducido a su cama. El lugar en sí tiene menos importancia en realidad
que el hecho de que el niño prefiera estar en otro sitio. Si Carlos
quiere ver un programa de televisión desesperadamente, jugar con su
hermano, o montar en su bicicleta, incluso una habitación llena de
juguetes es un buen lugar para funcionar como rincón. Explicarle
al niño las reglas de estar en el rincón o de cara a la pared En
un momento tranquilo antes de tener que usar esta técnica, se debe
decir al niño que se le mandará al rincón si continúa
desobedeciendo. Explíquele que esto le ayudará a romper con este hábito.
A continuación persevere con la técnica cada vez que el comportamiento
se repita. Al
principio se debe aplicar el mandarle al rincón solamente para un
comportamiento. Cuando haya cambiado dicho comportamiento, úselo para
otro. Si se usa para muchos comportamientos incorrectos al mismo tiempo,
el niño se confundirá, preguntándose por qué está en el rincón en
ese momento. Además, el tiempo en el rincón, como cualquier técnica
de castigo, pierde su eficacia al utilizarla demasiadas voces. Asignar
un tiempo máximo para el rincón según la edad del niño. Largos
periodos de tiempo en una habitación o semana de encierro resultan inútiles,
ya que provocan resentimientos en el niño y no mejoran el
comportamiento. Un periodo de aislamiento corto normalmente funciona
bien y dura sólo pocos minutos. Un niño tiene que estar en el rincón
tantos minutos como años tenga. Nos ha parecido una buena norma. Supone
cuatro minutos para un niño de cuatro años, cinco minutos para uno de
cinco y un minuto más para cada año adicional. Para un niño este es
un largo periodo de tiempo sin hacer nada. Interrumpe su actividad, pero
al mismo tiempo le proporciona la oportunidad de serenarse y de dejar de
hacer aquello por lo cual ha sido enviado al rincón Añada
minutos si hay resistencia Un
periodo de tiempo más corto también da ventaja a los padres. Si se
tienen dificultades para poner al niño en el rincón o para mantenerlo
allí, se debe añadir un minuto de tiempo por cada instante de
resistencia. Si Luis se niega a ir al rincón, se le debe llevar allí y
decirle, «Ahora es un minuto más». Vigílele si es necesario. Si se
va sin permiso, se le debe volver a llevar y castigarle con otro minuto.
Intente no sobrepasar las tres penalizaciones de un minuto, ya que en
esta etapa será más eficaz añadir otra consecuencia. Añadir
consecuencias de apoyo para la resistencia excesiva Si
se llega a un punto en el que es necesario un apoyo para las palabras y
acciones paternas, se puede informar al niño de que, si no cumple su
tiempo en el rincón, perderá su juguete favorito o un privilegio
durante unos días. Sea consecuente con ello. A menudo, la resistencia
se hará menor al saber que existe una consecuencia de apoyo. Utilice
el reloj de cocina Se
deben controlar los minutos que pasan, con un reloj de cocina, mejor. Dígale
al niño cuánto tiempo debe quedarse en el rincón y que cuando suene
el timbre puede regresar si se ha tranquilizado. Si se ha añadido
tiempo, volver a poner el minutero. Si todavía no se ha tranquilizado
cuando se haya cumplido el tiempo, no permita que se vaya hasta que se
haya controlado. No
permitir que el tiempo fuera de juego (en el rincón) se convierta en
una manera de evitar responsabilidades Cuando
el tiempo se cumpla, se debe hacer que el niño haga lo que se le pidió
que hiciera antes de comenzar el tiempo fuera de juego o que adopte el
comportamiento apropiado. Cuando coopere, se le debe elogiar cálidamente. Adoptar
el procedimiento para niños más mayores Aunque
el tiempo fuera de juego o en el rincón funciona mejor con niños de
edades entre dos y doce años aproximadamente, los mismos principios se
aplican para el encierro en casa u otras formas de tiempo fuera de juego
más apropiadas para niños mayores. Breves períodos de encierro o
aislamiento son mejores semanas o meses y siempre pueden ser reactivados
si el niño cae en sus antiguos hábitos. Por ejemplo, si bajan las
notas de un chico, se le puede tener castigado en casa durante unos días
hasta que muestre que está estudiando más y más constantemente. Si
flojea una vez se haya levantado el castigo, se puede volver a aplicar.
Si el niño abusa del teléfono, se le puede prohibir que haga 0 reciba
llamadas esa noche. A la noche siguiente se pueden restablecer las
reglas para el uso del teléfono y lo puede intentar de nuevo. Cuanto más
corto sea el periodo de castigo, más motivado está el niño y más
justo le parece éste. 4.8.
CÓMO USAR LA SOBRECORRECCION La
sobrecorrección es un potente conjunto de técnicas preparado para
acabar con los comportamientos indeseables persistentes. Utiliza
consecuencias naturales para romper con los malos hábitos y para enseñar
comportamientos apropiados al mismo tiempo. Es una alternativa
extremadamente eficaz en lugar de gritar, regañar, pegar o cualquier
otro castigo que se utilice para tratar de hacer que los comportamientos
desagradables o difíciles se conviertan en aceptables. Funciona bien
para comportamientos irritantes comunes y hábitos nerviosos graves e
incluso en comportamientos agresivos y posiblemente dañinos. Cuando
se utiliza la sobrecorrección, se obliga al niño a “deshacer” el
perjuicio que ha causado y después se le hace practicar (practicar y
practicar) la manera correcta de realizar la tarea o lo que se le pida.
El niño repite el «antídoto» hasta el punto que no quiere repetir más
el comportamiento indeseable. Mientras tanto el padre debe ignorar la
resistencia, los llantos, las rabietas y seguir firme hasta el final.
Puede que esto no resulte fácil, pero es esencial. Consideremos
el siguiente ejemplo: El niño dibuja en la pared por enésima vez. Se
le debe decir que la pared está sucia a causa de los garabatos y que «alguien»
tiene que limpiarla para que quede bien otra vez. Déle al niño los
materiales de limpieza adecuados y supervise el proceso de limpieza.
Después explíquele que la zona limpiada ha quedado más clara que el
resto de la pared, de modo que hay que limpiar esa parte también
(dentro de lo razonable, por supuesto). Si
el niño se niega, el padre debe decirle tranquila pero firmemente que
comprende cómo se siente pero que es evidente que no ha sabido
limpiarla lo bastante bien y que le enseñará con agrado cómo hacerlo.
Tome la mano del niño y guíele manualmente, incluso aunque se resista
o se queja. Cuando la zona está limpia, se debe preguntar al niño que
muestre cuál es el lugar para dibujar. Si vuelve a escribir en la
pared, repita todo el proceso una vez más: «Oh no! La pared está
sucia otra vez. Necesitas más práctica en limpiar paredes Cuando
termines puedes enseñarme dónde se puede dibujar otra vez». En
la mayoría de los casos, ésta es suficiente motivación para que hasta
los niños más rebeldes dejen de escribir en las paredes. Esta técnica
es eficaz tanto con niños pequeños como con más mayores. A
veces la sobrecorrección hace maravillas con conductas que se acercan a
la obsesión. A Sofía, una activa niña de cuatro años, le fascinaban
los interruptores v enchufes eléctricos, jugar con conmutadores,
desenchufar aparatos eléctricos, y poner en marcha trituradores y
ventiladores. Sus padres se habían encontrado todas las luces
encendidas a altas horas de la noche y el frigorífico descongelándose
tranquilamente al mediodía. La castigaron y se lo impidieron pero nada
funcionó por mucho tiempo. A
continuación se explica cómo aplicarla: 1.
Obligue al niño a deshacer o corregir el daño social o físico Ejemplos:
limpiar la pared, recoger la ropa del suelo, pedir disculpas por morder. 2.
Obligue al niño a practicar comportamientos positivos Por
ejemplo, si no entra en casa cuando se le llama, oblíguele a salir
fuera y esperar allí a que se le llame durante diez veces consecutivas.
Repetir esto desde varios lugares y direcciones del patio. 3.
Supervise la sesión de prácticas Esto
puede requerir un tiempo, pero la inversión merece la pena. 4.
Utilice las manos para guiarle si es necesario Si
el niño se resiste a practicar, hay que ayudarle a realizar las
acciones correctas con las manos. Si no quiere recoger los juguetes, tómele
las manos y guíelas como si fueran las de un robot, recogiendo los
juguetes y depositándolos en el lugar correcto. Se deben ignorar
llantos, rabietas o resistencias. Manténgase tranquilo pero firme hasta
que la tarea termine o el niño empiece a hacerlo solo. 5.
Elogie y refuerce la obediencia A
medida que el niño empiece a comportarse mejor y se necesite menos
practica, hay que hacerle saber lo bien que lo está haciendo. Elogie en
abundancia. Déle una pequeña recompensa por sus progresos. 5.-
CÓMO LOGRAR UNA AUTORIDAD POSITIVA Tener
autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación de
nuestros hijos. Debemos marcar límites y objetivos claros que le
permitan diferenciar qué está bien y qué está mal, pero uno de los
errores más frecuentes de padres y madres es excederse en la
tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un
equilibrio, ¿cómo conseguirlo para tener autoridad? Por
ejemplo una de las preguntas frecuentes que las madres de Educación
Infantil nos hacen a los orientadores: -
¿Qué hago si mi hijo está encima de la mesa y no quiere bajar? -
Dígale que baje, -
Ya se lo digo, pero no me hace caso y no baja -
¿Qué reacción
hace entonces? -
Le
amenazo y le grito, pero aun así. Encima cada vez es peor Situaciones
semejantes a ésta se presentan frecuentemente cuando tenemos ocasión
de comunicar con un grupo de padres. Generalmente suele ser la madre
quien pone la cuestión sobre la mesa aunque estén los dos. El padre
simplemente asiente, bien con un silencio cómplice, bien afirmando con
la cabeza, porque el problema es de los dos, evidentemente. ¿Qué
ha pasado para que en tan pocos meses una pareja de personas adultas,
triunfadoras en el campo profesional y social, hayan dilapidado el
capital de autoridad que tenían cuando nació el niño? Actuaciones
paternas y maternas, a veces llenas de buena voluntad, minan la propia
autoridad y hacen que los niños primero y los adolescentes después no
tengan un desarrollo equilibrado y feliz con la consiguiente angustia
para los padres. El padre o la madre que primero reconoce no saber qué
hacer ante las conductas disruptivas de su pequeño y que, después,
siente que ha perdido a su hijo adolescente, no puede disfrutar de una
buena calidad de vida, por muy bien que le vaya económica, laboral y
socialmente, porque ha fracasado en el "negocio" más
importante: la educación de sus hijos. Es
necesario hacer la reflexión que
en alguna ocasión los supuestos expertos también cometemos
errores en la educación de los hijos y falta de coherencia. Por
ese motivo, el padre o la madre debe preocuparse en exceso. No es un
desastre. Es lo normal en cualquier persona que intenta educar TODOS LOS
DIAS. Tiene su parte positiva. Quiere decir que intenta educar, lo cual
ya es mucho. En educación lo que deja huella en el niño no es lo que
se hace alguna vez, sino lo que se hace continuamente. Lo importante es
que, tras un periodo de reflexión, los padres consideren, en cada caso,
las actuaciones que pueden ser más negativas para la educación de sus
hijos, y traten de ponerles remedio. Estos
son los principales errores que, con más frecuencia, debilitan y
disminuyen la autoridad de los padres: ·
La permisividad.
Es imposible educar sin intervenir. El niño, cuando nace, no tiene
conciencia de lo que es bueno ni de lo que es malo. No sabe si se puede
rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo
que está bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie encima
del sofá porque es pequeño, por miedo a frustrarlo o por comodidad es
el principio de una mala educación. Un hijo que hace "fechorías"
y su padre no le corrige, piensa que es porque su padre ni lo estima ni
lo valora. Los niños necesitan referentes y límites para crecer
seguros y felices. ·
Ceder después de
decir no. Una vez que usted se ha decidido a actuar, la primera regla de
oro a respetar es la del no. El no es innegociable. Nunca se puede
negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y
que más daño hace a los niños. Cuando usted vaya a decir no a su
hijo, piénselo bien, porque no hay marcha atrás. Si usted le ha dicho
a su hijo que hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo más
tiempo del que debía y no hizo los deberes, su hijo no puede ver la
televisión aunque le pida de rodillas y por favor, con cara suplicante,
llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan entrenados en esta
parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del cine y del
teatro. ·
En cambio, el sí,
sí se puede negociar. Si usted piensa que el niño puede ver la
televisión esa tarde, negocie con él qué programa y cuanto rato. ·
El autoritarismo.
Es el otro extremo del mismo palo que la permisividad. Es intentar que
el niño/a haga todo lo que el padre quiere anulándole su personalidad.
El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su
objetivo no es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio,
sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo
que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la
permisividad. ·
Falta de
coherencia. Ya hemos dicho que los niños han de tener referentes y límites
estables. Las reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de
una misma línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo ha de
influir lo menos posible en la importancia que se da a los hechos. Si
hoy está mal rayar en la pared, mañana, también. ·
Igualmente es
fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si el padre le dice
a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de
apoyar, y viceversa. No debe caer en la trampa de: "Déjalo que
coma como quiera, lo importante es que coma". ·
Gritar. Perder los
estribos. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador
sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida.
Perder los estribos supone un abuso de la fuerza que conlleva una
humillación y un deterioro de la autoestima para el niño. Además, a
todo se acostumbra uno. El niño también a los gritos a los que cada
vez hace menos caso: Perro ladrador, poco mordedor. Al final, para que
el niño hiciera caso, habría que gritar tanto que ninguna garganta
humana está concebida para alcanzar la potencia de grito necesaria para
que el niño reaccionase. ·
Gritar conlleva un
gran peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira del
adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e incluso los
malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es muy grave. Nunca debemos
llegar a este extremo. Si los padres se sienten desbordados, deben pedir
ayuda: tutores, psicólogos, escuelas de padres... ·
No cumplir las
promesas ni las amenazas. El niño aprende muy pronto que cuanto más
promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa
o amenaza no cumplida es un girón de autoridad que se queda por el
camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles
de aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es
imposible.
·
No escuchar.
Dodson dice en su libro El arte de ser
padres, que una buena madre -hoy también podemos decir padre- es la
que escucha a su hijo aunque esté hablando por teléfono. Muchos padres
se quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es que ellos
no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado, evaluado y les han
dicho lo que habían de hacer, pero escuchar... nunca. ·
Exigir éxitos
inmediatos. Con frecuencia, los padres tienen poca paciencia con sus
hijos. Querrían que fueran los mejores... ¡ya!. Con los hijos olvidan
que nadie ha nacido enseñado. Y todo requiere un periodo de aprendizaje
con sus correspondiente errores. Esto que admiten en los demás no
pueden soportarlo cuando se trata de sus hijos, en los que sólo ven las
cosas negativas y que, lógicamente, "para que el niño
aprenda" se las repiten una y otra vez. Sin
embargo, una vez que sabemos lo que hemos de evitar, algunos consejos y
"trucos" sencillos pueden aligerar este problema, ofrecer un
desarrollo equilibrado a los hijos y proporcionar paz a las personas y
al hogar. Estos consejos sólo requieren, por un lado, el convencimiento
-muy importante- de que son efectivos y, por otro, llevarlas a la práctica
de manera constante y coherente. Algunas
de estas técnicas ya han sido comentadas al hablar de los errores, y ya
no insistiré en ellas. Me limitaré a enunciar brevemente, actuaciones
concretas y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva
ante los hijos:
Todas
estas recomendaciones pueden ser muy válidas para tener autoridad
positiva o totalmente ineficaces e incluso negativas. Todo depende de
dos factores, que si son importantes en cualquier actuación humana, en
la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles: amor y
sentido común. Educar
es estimar, decía Alexander Galí. El amor hace que las técnicas no
conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo
tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar
decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y
para los hijos, pero que después dejan un buen sabor de boca y un
bienestar interior en los hijos y en los padres. El
sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el
momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño,
del adulto y de la situación en concreto. El sentido común nos dice
que no debemos matar moscas a cañonazos ni leones con tirachinas. Un
adulto debe tener sentido común para saber si tiene delante una mosca o
un león. Si en algún momento tiene dudas, debe buscar ayuda para tener
las ideas claras antes de actuar.
6.-
BIBLIOGRAFÍA -
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ALVAREZ PILLADO y
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Editorial Visor. Madrid 1997 -
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ORJALES, Isabel
“Déficit de atención con hiperactividad” Edit. CEPE. Madrid 2001 -
REYNOLD BEAN “Cómo
ser mejores padres” Editorial Debate. Madrid 1998 -
“DÍAZ MORFA y
otros “El gran libro de la sexualidad” Editorial LIBSA Madrid 2002 |
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