1-
CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO. 2-
LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS. 3-
CÓMO ESTABLECER LÍMITES 4-TÉCNICAS
BÁSICAS DE LA EDUCACIÓN: -
4.1. CÓMO ELOGIAR 6-
BIBLIOGRAFÍA 1.-
CÓMO ESCUCHAR Y HABLAR CON EL HIJO. Mantener las líneas de
comunicación abiertas entre padres e hijos es extremadamente importante
para una buena relación.
Queremos que nuestros niños compartan sus pensamientos y sentimientos
para poder comprenderles y ayudarles en las crisis de la vida. Queremos
que se expresen apropiadamente en lugar de manifestar sus sentimientos
de forma destructiva. Y queremos que nos escuchen y oigan lo que se les
dice. Los
niños no nacen sabiendo cómo expresar sus pensamientos y sentimientos
apropiadamente. Ni tampoco están automáticamente preparados para
escuchar lo que los padres les dicen y seguir sus directrices. Hay que
enseñarles a expresarse y a escuchar a los demás. A menudo los padres
también necesitan mejorar sus habilidades comunicativas.
Hay que recordar que hablar
no lo es todo. No se pueden solucionar todos los problemas de
conducta hablando, por muy bien que se sepa escuchar, por muy buen
hablador que se sea, o por muy bien que el niño parezca escuchar.
Los niños necesitan conocer los límites para su conducta y normalmente
no es suficiente una mera explicación.
Muchos padres intentan demasiadas veces instruir a sus hijos o razonar
con ellos. Repiten muchas veces las mismas cosas una y otra vez -sólo
que más fuerte- pero no resultan eficaces por eso. Es mejor hablar en
voz baja pero que conlleve una consecuencia real. Se deben alterar las tácticas
según la edad y madurez del niño. Un
error importante que cometen muchos padres es hablar demasiado. Emplean
sus habilidades comunicativas en una etapa demasiado temprana de la vida
del niño, usando las palabras antes de que el niño quiera escuchar o
sea capaz de comprender. Consejos
básicos Es
cierto que los padres deben empezar en una etapa temprana a construir
una base para comunicarse con el niño, pero no se pueden esperar
resultados hasta más tarde. Pasar
de más consecuencias con menos palabras, a más comunicación con menos
consecuencias es apropiado a medida que el niño entra en la
adolescencia. En ese momento, los padres tendrán cada vez menos control sobre las
consecuencias en la vida de su hijo. Los
padres que tratan siempre de razonar con un niño muy pequeño,
comprueban que el niño se hace más y más difícil al ir creciendo.
Luego, cuando empieza a actuar como un adolescente, intentan ponerse
duros con las consecuencias fuertes. Pero el adolescente que sólo está
acostumbrado a las palabras a menudo se rebela contra las nuevas
restricciones más que el adolescente normal. En general, lo mejor es usar más
dirección con un niño pequeño y más comunicación con un niño más
mayor. Por ejemplo,
decirle a un niño de dos años que la estufa quema lo puede llegar a
entender con el tiempo, pero decirle “retira la mano” y en voz alta:
“¡no!2, le hace comprender de forma inmediata lo que se le quiere dar
a entender. Por otra parte, un niño de trece años al que se encuentra
bebiendo cerveza puede necesitar un castigo, pero no servirá de mucho
si no tiene información sobre el alcohol y las drogas. Cómo
deben escuchar los padres para que el niño hable con ellos Escuchar a través del
comportamiento. Los
padres se convierten en expertos en leer el lenguaje del cuerpo de los
niños pequeños, pero muchas veces no se dan cuenta de que los niños
siguen comunicándose a través de su conducta mucho después de haber
aprendido a dominar el lenguaje. Los
niños más mayores y los adolescentes se comunican no verbalmente
manifestando frecuentemente sus sentimientos cuando están bajo presión. Cuando
el niño empieza a actuar de una forma distinta, es
posible que no se trate de una nueva etapa de su desarrollo. Quizás
intente comunicar algo. Definir sentimientos. Con
niños pequeños, lo mejor es ayudarle a definir sus emociones. Decirle
que es normal que se sienta «molesto» y que cuando se siente así,
debe pedir ayuda. Se debe añadir una consecuencia, tal como, «cuando
tires las cosas no las volverás a ver durante dos días». También
se puede sugerir una consecuencia tal como, «cuando necesites ayuda pídela,
estaré muy orgullosa de tí y te ayudaré con gusto». Por supuesto que
después hay que hacerlo, amablemente y en seguida. E1 proceso de enseñar a un niño
a identificar y expresar sus sentimientos supone años y mucha
insistencia. Pero
habrá muchas oportunidades para ayudarle a interpretarlos. A medida que
se vaya haciendo mayor, se debe empezar a ser una especie de detective
en lugar de dar la definición solamente: "Suena como si estuvieras
enfadado con Jesús", o, «Parece que te preocupa algo. ¿Qué
crees que es?» Luego, tras una corta charla, quizás el niño informe
que está «celoso» de Jesús porque tiene más éxito con la gente. Es
necesario tener tiempo
para escuchar. Hay
ocasiones en las que es difícil encontrar un momento para escuchar al
niño, pero es esencial hacerlo si se quiere conseguir una buena
comunicación y se ha de mantener la onda disponible cuando realmente se
precise. También es esencial para él tener la oportunidad de hablar
con el padre y la madre individualmente, especialmente en familias de
padres sin pareja de padres de hijos distintos, o de divorciados. Cuando
llega la adolescencia puede ser difícil empezar a escuchar y hablar.
Pero si se ha comenzado pronto, la buena comunicación puede allanar el
camino. Se
debe permitir a los niños que cuenten sus experiencias cotidianas y sus
sentimientos a sus padres, que se sientan libres para darles detalles de
lo que les está ocurriendo no basta con mantener alguna conversación
profunda de vez en cuando. La comunicación no es sólo
una cuestión de calidad, sino también de cantidad.
Este es un punto extremadamente importante y nunca se hará bastante
hincapié en ello. Una gran conversación nunca compensará años de
silencio. Pasos
que pueden ayudar a mantener una comunicación con el niño Comuníquese
regularmente. Asigne
un rato cada día para hablar con el niño Aunque sólo sean cinco
minutos a la hora de acostarse. Siéntese a hablar. E1 tiempo variará,
pero el hecho debe fijarse en el horario. Repase
citas para hablar.
Cuando el niño pide a sus padres que hablen con él o da pistas no
verbales de que algo le está preocupando, es bueno sentarse en un lugar
privado cuanto antes o acordar una cita con él para hablar más tarde.
Particularmente con los niños pequeños lo mejor es hablar en ese mismo
instante. Normalmente se trata tan sólo de unos minutos y esto hace que
el niño piense que lo que tiene que decir es lo bastante importante
para que sus padres dejen lo que están haciendo y le escuchen. Si
no hay otro remedio que aplazar la charla,
se debe asignar otro momento
más tarde: «No podemos hablar ahora porque hay demasiado ruido, pero
hablemos de ello en tu habitación esta noche en cuanto estén recogidos
los platos de la cena». Asegúrese siempre de cumplir la cita. Préstele
la máxima atención.
Diga al resto de la familia que no moleste, acuda a un lugar privado y
actúe como si tuviera todo el tiempo del mundo para escuchar. Preste al
niño la misma atención que la que se prestaría a un amigo que viniera
a hablar de un problema importante. Inicie
la conversación. Algunas veces, cuando los niños quieren hablar,
les cuesta mucho arrancar. De modo que pueden ser de ayuda frases como
«Hablemos» o «Dime lo que te preocupa». Pero cuanto más específicas
sean las frases de apertura, mejor. Se puede decir, por ejemplo, «Cuando
llegaste del colegio hoy parecías muy triste. ¿Me quieres contar qué
te ha pasado?». Si el niño indica que, en efecto, pasó algo en la
escuela pero no quiere hablar de ello en ese momento, debe saber que
habrá tiempo para hablar más tarde. Si el niño necesita un pequeño
empujón adicional, hágalo suavemente para ayudarle a arrancar. Intente
contarle un cuento, lea un libro o comente sobre una situación similar.
A veces la mejor manera de ayudarle a empezar es sentarse abrazándole y
esperar tranquilamente a que arranque. Mantenerla.
Una vez que se ha comenzado, utilice todos los medios para mantener la
conversación viva. Los adultos tienen la tendencia a dar soluciones,
consejos, o incluso a hacer discursos a los niños. Hay que resistir la
tentación. Muchos niños se quejan de que no pueden comunicarse con sus
padres porque cada vez que lo intentan, se les lanza un discurso. ¡Simplemente
hay que escuchar! Utilice
preguntas para suscitar la confianza y para que el niño continúe
hablando. «¿Y
entonces qué pasó?» «¿Qué dijo?». O bien haga afirmaciones de
apoyo que muestren comprensión por lo que el niño siente. «Seguro que
eso te enfureció a mí me habría enfadado mucho si me hubieran hecho
eso.» O incluso exclamaciones cortas como «¡Oh no!» o «¡Aj!»
pueden hacer avanzar la conversación. Escuchar
activamente. El escuchar activamente significa repetir al niño lo que
ha dicho o interpretarlo. Si el niño dice, «Luis me ha pegado», el
padre responde, «¡Te ha pegado!». A continuación, para conocer
sentimientos más profundos, los padres pueden responder con algo como:
«Luis es tu mejor amigo, seguro que te hirió especialmente el que
fuera él quien te pegara». Aunque no se acierte, incluso una
interpretación poco exacta provocará, normalmente más respuestas por
parte del niño. Sígale el hilo al niño como un científico simpático
y un amigo en lagar de un policía haciendo una interrogación. Los
padres han de pensar que se deben poner a la altura de la visión del
mundo que el niño tiene, no necesariamente de la «verdad» exacta
sobre lo que ocurrió. No hay que exagerar ésta o cualquier otra técnica.
Si se repite cada afirmación que el niño hace o se hacen demasiadas
preguntas, quizás el niño se sienta incómodo o se interrumpa. Haga
saber al niño que se aprecia su esfuerzo por compartir. Cuando el
niño habla a sus padres de acontecimientos importantes de su vida, éstos
deben expresar que les parece fantástico. Se le puede decir simplemente
«Gracias por contarme esto». O quizás, «Sé que te habrá sido difícil
hablar de eso. Me alegro de que sientas que puedes hablar conmigo cuando
algo te esta preocupando». Otra manera de compartir los sentimientos es
abrazarlo. Cómo
hablar al niño Si
los niños se hacen los sordos continuamente cuando se les pide algo no
es porque sean sordos. Se trata de una tendencia a desconectar hasta que
el volumen de la voz paterna llega a un punto crítico determinado en el
que el niño sabe que la cosa se está poniendo seria. Para
acabar con este problema se requieren dos ingredientes esenciales: los
padres tienen que decir lo que piensan y pensar lo que dicen. Es decir
deben elegir sus palabras con cuidado y después apoyarlas con acciones
justas, consecuentes y con sentido. El niño aprenderá rápidamente a
escuchar la primera vez que se le pida algo. Para lograr esto es
preciso: Establecer
un contacto visual. Ya que los niños se distraen con tanta facilidad,
los padres deben asegurarse de que el niño les mira cuando le están
hablando. Este podría ser el factor más importante para conseguir que
el niño siga las instrucciones de sus padres o simplemente para que
escuche. Hay
que enseñar lo que significa el contacto visual. Enseñar con el juego
de las miradas: Sentarse cara a cara a. aproximadamente un metro de
distancia y ver quién es el primero en desviar la mirada. Cronometre al
niño, indicándole cuánto tiempo aguantó la mirada. Si
el niño es muy tímido o se siente incómodo mirando directamente a los
ojos de sus padres, conviene enseñarle a mirar a la boca o a toda la
cara. Hay
veces en las que es necesario usar el contacto físico para conseguir la
atención de un niño. En este caso, es conveniente tocarle ligeramente
el hombro o, si es necesario, orientarle hacia sí colocándole las
manos sobre el hombro y girando al niño suavemente. Hay que usar esta técnica
sólo como recurso e intentar eliminarla en seguida. En un niño más
mayor un mero rozamiento de hombro podría provocar una confrontación
inmediata en vez de conseguir que escuchara. Cuando el niño mira a sus
padres cuando éstos están hablando, es bueno elogiarle por ello y
manifestarle que se le agradece. Más adelante, se le puede elogiar por
escuchar y por hacer lo que se le pide sin demora. Hablar
con voz sosegada y firme. Si siempre se habla al niño con voz severa o
se levanta la voz al pedirle algo, aprenderá a desconectar hasta que la
voz de sus padres alcance el volumen máximo. Si los padres se dan
cuenta de que cada vez levantan más la voz deben detenerse, respirar
profundamente, restablecer el contacto visual, hablar lentamente y con
mucha claridad. Decir, «Carlos (con largas pausas entre palabra y
palabra, contacto visual), quiero...que...recojas...tu...ropa...y...
que...la...pongas...en...el...cesto...ahora». Evitar
utilizar preguntas en lugar de afirmaciones. Si se le dice al niño,
«¿Qué tal si recoges la ropa?» no sería de extrañar que
contestara, «¡Ahora no!». Si se le dice, «Ahora podemos fregar los
platos», le da lugar a decir «No, ahora no». Cuando no hay ninguna
duda sobre lo que se quiere que haga el niño hay que hacer afirmaciones
definitivas que le indiquen exactamente lo que tiene que hacer, cuándo,
dónde y como. Utilizar
frases sencillas. No se deben usar palabras que el niño no comprenda.
Hable clara y sencillamente. No hable demasiado. Las instrucciones o
explicaciones largas pueden hacer que el niño pierda interés o se
olvide de lo que se le dijo al principio. Los niños tienen una
capacidad limitada para recordar retahílas de información verbal. La
comunicación corta y simple con su consecuencia lógica será
comprendida y recordada infinitamente mejor que un largo discurso. En
vez de extenderse sobre la responsabilidad, el significado del dinero y
la inflación mundial, es mejor ofrecer al niño una elección clara: «O
guardas la bicicleta ahora o no la verás durante el fin de semana». Decir
al niño lo que se piensa. Los padres deben explicar al niño los
sentimientos que producen sus acciones o actitudes en lugar de
criticarle directamente. Por ejemplo, «Me enfado mucho cuando dejas el
cuarto de baño desordenado y lo tengo que limpiar yo». O, «Temía que
te hubieras perdido cuando no llegaste a casa a la hora». Si
se conjugan las frases en primera persona en lugar de en segunda se
puede evitar la crítica, las culpabilidades, o el ataque directo
sin dejar por ello de expresar emociones fuertes con eficacia. 2.
- LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: NORMAS Y LÍMITES EDUCATIVOS. Los
niños no siempre hacen lo que los padres quieren. Cuando el niño se
comporta mal, el padre tiene que decidir cómo va a responder. Todos los
niños necesitan reglas y expectativas para aprender el comportamiento
apropiado. ¿Cómo le enseña un padre a su hijo las reglas y qué deben hacer los
padres cuando éstas se rompen? Para
la mayoría de los padres disciplina equivale al castigo. Pero la
palabra disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina
tanto técnicas positivas como negativas. Cuando
se disciplina a los niños, se les enseña a comportarse. Se les dan
instrucciones antes de pedirles que intenten poner algo en práctica.
Usted se convierte en modelo de comportamiento para ellos. Les señala
una y otra vez aquello que están haciendo correctamente. Y cuando es
necesario, les indica lo que no hacen bien. La disciplina eficaz es señalar:
«Eso está bien», cuando el niño le lanza una mirada en busca de
aliento mientras titubea. Cuando el pequeño va a tocar un enchufe, es
decir que no. Es ignorar cuando un niño intenta repetidas veces
interrumpir una conversación telefónica, pero también prestarle
atención en seguida, después de que haya esperado su turno
pacientemente. Y es enseñar a un niño más mayor que, aunque sea difícil,
hay que saber renunciar a una disputa. Y a veces se trata de permitir
que se produzcan consecuencias negativas naturales de su conducta cuando
ésta no es la que los padres quieren. Los «síes» son muchas veces más
importantes que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo
se está comportando tal como los padres desean. El
ser padre o madre no se completa en un día y la disciplina no es un
esfuerzo intermitente. En ambos casos se trata de esfuerzos constantes y
consecuentes siendo, al mismo tiempo, eficaces y afectuosos con el niño. Hay
diferentes estilos de ejercer la paternidad. Las investigaciones indican
que los padres efectivos crían hijos bien ajustados que son más
auto-dependientes, auto-controlados y positivamente curiosos que
aquellos niños criados por padres que castigan, son demasiado estrictos
(autoritarios) o que les permiten todo. Los
padres efectivos operan bajo la creencia de que tanto los niños como
los padres tienen ciertos derechos y que las necesidades de ambos son
importantes. Los padres efectivos no necesitan hacer uso de la fuerza física
para disciplinar al niño, sino que son los que establecen reglas claras
y les explican porqué esas reglas son importantes. Los padres efectivos
razonan con sus hijos y consideran sus puntos de vista aunque no estén
de acuerdo con ellos.
¿Qué son los límites? Son
como un muro o barrera ante la cual el niño se tiene que detener, que
le indica hasta dónde puede llegar. Es una forma de decirle “hasta aquí”. El
poner normas, el
marcar límites a los niños es muy necesario
porque: Todas
las situaciones extremas perjudican el crecimiento y desarrollo del niño: Para
que el niño se muestre dispuesto a aceptar las normas o los límites
marcados por los padres, es necesario que se cumplan otras
condiciones: -Deben
centrarse en la conducta:
En vez de decir “no molestes a tu hermano”, deberíamos decir: “no
le quites sus cuadernos a tu hermano”. -Deben
presentarse de manera positiva:
En ves de decir: “no suba los pies al sillón” deberíamos señalar:
“pon los pies en el suelo”. -Deben
ser claras:
No debemos decir “quiero que seas un buen niño y te portes bien”
porque el mensaje “ser buen niño” o “portarse bien” tiene un
significado diferente para cada persona y seguramente no hablamos de lo
mismo. -Debemos
apoyar lo que decimos con acciones:
cuando le decimos a un niño pequeño que no tire la comida en la mesa,
pero al mismo tiempo nos hace mucha gracia y nos reímos, la acción y
las palabras no coinciden y el mensaje se pierde porque el pequeño
responde a la acción y no a las palabras. -El
límite debe expresarse por anticipado:
cuando las reglas están claras y son conocidas con anticipación por el
niño, él sabrá cómo comportarse. -Debemos
estar seguros que el niño entendió el mensaje:
Para estar seguros de ello tenemos que pedirle que repita lo que captó
y diga qué es lo que puede o no hacer. -Los
límites deben marcarse con afecto,
utilizando un tono de voz normal. Esto lo conseguiremos si expresamos la
regla por anticipado, así evitamos el enojo de una situación concreta
en que estemos molestos porque se haya portado mal. -Al
establecer los límites hay que presentar alternativas.
Podemos proponer “te lavas los dientes antes o después de ponerte el
pijama, pero es importante que te los laves”. De esta forma le
ayudamos a tomar decisiones y a asumir la responsabilidad de sus
acciones. -Deben
reforzarse constantemente y de manera consistente.
Hay que repetir las cosas hasta que los conceptos o el comportamiento
formen parte de la vida diaria del niño y se vuelvan automáticos. Nada
se consigue de la noche a la mañana. -Debemos
especificar por anticipado las consecuencias si la regla no se cumple.
Esto ayudará al niño a comprender el efecto que tienen sus acciones en
el mundo que le rodea. -Es
normal y habitual que el niño quiera probar,
con su actitud y con su conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es
la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado. También
es necesario que los padres adopten una mentalidad flexible que les
permita ir adaptando esas normas a la situación, al momento y edad
concreta del niño. Es
decir, los límites se ponen de manera diferente dependiendo de la etapa
de desarrollo.
-En el
primer año:
El
niño llora cuando necesita algo, depende completamente de los adultos,
necesita que lo atendamos. Hay
que establecer la rutina de sueño y alimentación. -Entre
1 y 2 años:
Alrededor
de los 18 meses sólo entiende órdenes sumamente cortas como “no”.
El “no” también debe indicarle a qué se va a enfrentar: “no,
porque quema”, “no, porque te cortas”, etc. -Entre
los 2 y 3 años:
Es
la etapa de los berrinches, que es una forma que el niño tiene de
descargar tensiones, por lo que debemos detenerlo antes de que explote,
o si ya empezó dejar que se calme y explicarle qué pasa. También
es la época del entrenamiento de control de esfínteres y debemos
armarnos de paciencia. Por otro lado, como ya pueden caminar y trepar,
debemos asegurarnos que puedan explorar su ambiente sin que haya peligro
para ellos. -Entre
los 3 y los 4 años: Los
límites serán sobre todo los relacionados con los hábitos. Les enseñaremos
qué deben hacer, les recordaremos qué esperamos de ellos y les
repetiremos las reglas cuantas veces sea necesario. No
es raro que en esta época presenten dificultades en el sueño, como
pesadillas, o que se pasen a la cama de sus papás por los miedos
propios de su edad (oscuridad, monstruos...). Primero hay que dar
seguridad y después poner el límite (acompañarlos a su cama). -Entre
los 4 y los 6 años: Debemos
de tratar de mantener los hábitos ya establecidos y reforzar los límites
que tienen que ver con las relaciones entre compañeros. También
es importante reconocer sus logros en la escuela y emplear recompensas
para estimular al niño tales como “cuando te vayas a dormir te cuento
un cuento”. -Entre
los 6 y los 12 años:
Los
límites deben ser claros y centrarse en la conducta que queremos
lograr. Entienden las consecuencias de sus acciones, por lo que ene esta
etapa ya podemos establecer dichas consecuencias en relación con los límites
que no cumplen.
-Entre los 12 y los 15 años:
Hay
que escuchar lo que los niños tienen que decir, algunas de las reglas
se empiezan a negociar y los límites se estiran cada vez más. Tiene
que haber normas y consecuencias claras para que los jóvenes tengan
conocimiento de hasta dónde pueden llegar. 3.- CÓMO ESTABLECER LÍMITES A LAS CONDUCTAS DE LOS NIÑOS Hablar
no es todo; los niños necesitan conocer los límites para su conducta y
normalmente no es suficiente una mera explicación. Los
niños perfectos o los padres perfectos no existen como tales, y hasta
ahora no ha habido padres que no dudaran, al menos ocasionalmente, sobre
sus propias capacidades como padres y madres. Los niños no se comportan
siempre como sus padres quisieran, y cuando los padres no logran cambiar
los hábitos de sus hijos, se frustran, se confunden y se muestran
inseguros.
Se deben fijar metas según la edad, personalidad, habilidades,
sexo y desarrollo del niño. Los niños no pasan todos por las mismas
etapas a las mismas edades, ni son igualmente maleables, y puesto que
cada padre es el que mejor conoce a su hijo, debe fiarse de sus propios
juicios y de su instinto. Definir
el problema Antes
de hacer cambios hay que saber qué es lo que se desea cambiar. No sirve
de nada etiquetar a un niño como irritante, tozudo o rebelde, ya que
dichas etiquetas son generalidades y no se puede cambiar algo tan poco
definido. Además, no se trata de cambiar a todo el niño, sino
solamente su conducta o actitud. Sea específico. No se deje llevar por
los sentimientos. Defina y aísle el problema. ¿Que es exactamente lo
que el niño hace o no hace repetidas veces y que le disgusta? ¿Qué es
exactamente lo que usted quisiera que hiciera más o menos a menudo? Céntrese
sobre lo que hace el niño que a usted le saca de quicio. Si usted
considera, por ejemplo, que María nunca acaba nada, piense en lo que le
lleva a esa conclusión. Desglose la conducta en varias parcelas: María
no termina sus deberes; y nunca recoge la ropa. Usted no puede tratar
con el hecho de que nunca acabe nada, pero sí puede cambiar su actitud
ante los deberes y la ropa. Tome
una hoja de papel y divídala verticalmente por la mitad. Escriba en la
parte superior de una mitad Menos veces y de la otra mitad Más a
menudo. En la primera columna haga una lista de comportamientos o hábitos
específicos que quisiera que el niño hiciera menos; en la segunda
columna, escriba el reverso o paralelo de estas conductas, las que se
pretenden conseguir más a menudo. Cada punto debe tener su paralelo.
Por ejemplo:
Enfocar
los problemas uno por uno Una
vez se haya decidido exactamente qué comportamientos del niño se desea
cambiar, puede surgir la tentación de abordar todos los problemas
presentados a la vez. Hay que resistir este impulso y centrarse en cada
problema, uno por uno, resolviendo uno antes de pasar al siguiente. En
general intentamos que los padres que llegan con sus listas de conductas
indeseables clasifiquen los problemas por orden de importancia.
Escogemos uno cualquiera para empezar a trabajar. Al hacer la selección,
puede que se elija un comportamiento difícil o uno que sea muy
preocupante. Esto está bien, aunque a veces es
conveniente empezar por un
problema menos significativo que pueda resolverse con rapidez para
que todo el mundo comience con una sensación de éxito. En
las semanas o meses que siguen, a medida que se va avanzando en la
lista, es posible que haya una tendencia al cambio de prioridades.
Surgen nuevos problemas y otros desaparecen o parecen menos importantes.
Cada cambio causará un efecto sobre la conducta general del niño en un
sentido positivo. Cada cambio supone un paso más para conseguir un niño
más cooperador. Debe procederse paso a paso. Las normas antiguas
cambiarán. Y usted comprobará que tanto usted como el niño se
encontrarán mejor consigo mismos y el uno con el otro. Sea
modesto Rara vez se soluciona el
problema de un niño de la noche a la mañana.
Los cambios, tanto en los niños como en los adultos tienden a
producirse lentamente y por etapas. Si un niño que antes se negaba a
hacer los deberes empieza a hacerlos diez minutos al día, debe usted
alegrarse y demostrarlo. Se ha logrado un progreso real. El niño se
sentirá bien consigo mismo y esto le animará a trabajar más tiempo.
Si ha habido dificultades para hacer que el niño salga de casa por las
mañanas, conténtese con que coja el autobús dos días consecutivos y
no espere que además se haga la cama. Eso llegará más adelante. Es
mucho más productivo que ambos estén encantados con pequeños signos
de progreso a que se desilusionen cuando no se cumplan expectativas
demasiado exigentes. Ser
consecuente y constante Conseguir
el éxito final en el cambio de la conducta de un niño requiere ser
consecuente y constante. Pensar lo que se dice, decir lo que se piensa, y asegurarse de que todos
digan lo mismo. Primero junto con su cónyuge debe llegar a
un acuerdo sobre el problema y el plan antes de comenzar a aplicar
soluciones. Además de esto, será de gran ayuda si consigue lo mismo de
profesores, otros miembros de la familia y cualquier otra persona
que tenga un contacto regular con el niño. Siempre
hay que aplicar una solución con constancia para que sea eficaz. Se ha
visto que los padres tienden a abandonar demasiado pronto, y sus hijos
lo saben. Unos padres inconstantes no imponen autoridad y sus hijos no
respetan sus peticiones porque saben que no necesitan hacerlo. Si lloran
o gritan o se resisten el tiempo suficiente, se saldrán con la suya.
Una vez tome usted una decisión sobre cómo tratar un problema, no debe
fluctuar ni rendirse (dentro de lo razonable, claro está). Por ejemplo,
si se ha decidido ignorarle sistemáticamente cuando el niño llora para
que le compren caramelos, y si, tras dos veces de ir de compras con él,
el padre no soporta los lloriqueos y súplicas o las miradas hostiles de
la gente y se rinde, agotado, no sólo no se ha resuelto el problema. Si
no que se ha aumentado. Para ayudar a los padres a ser
constantes, es conveniente medir y apuntar los cambios.
Muchas veces los cambios son menos evidentes de lo que se espera, pero
ahí están. Si el niño hace rabietas, por ejemplo, es útil tomar nota
de su frecuencia y duración. Seguramente se sorprenderá usted al
descubrir que las rabietas se van haciendo más cortas y menos
frecuentes pocos días después de aplicar una técnica. Al notar un
progreso, será más fácil continuar lo que se esté haciendo. Ser
positivo Trate
usted de ver la conducta general de su hijo desde una perspectiva
positiva. No todo lo que hace el niño resulta desagradable, sólo
algunos comportamientos irritan y frustran a los padres. Trabaje sobre
dichos comportamientos uno por uno. Mientras tanto, asegúrese de que el
niño sabe que usted le quiere y le aprecia y recuerde manifestarle cuándo
se está comportando correctamente. Si Juan ha estado haciendo ruido en
el restaurante y después se tranquiliza, hay que decirle entonces que
apreciamos su modo de actuar. Con
un comentario positivo se consigue mucho más que con cualquier crítica. No desprecie nunca la efectividad de los
elogios. Los pequeños, sea cual sea su edad o etapa, quieren
desesperadamente la aprobación de sus padres (aunque hay que admitir
que a veces es difícil de detectar). Hacerle
saber al niño lo que se espera de él Después
de seleccionar el comportamiento que se desea cambiar y elegir una
estrategia o solución entre las que se ofrecen, se debe encontrar un
momento tranquilo para explicarle al niño lo que va a ocurrir. Hay que
mantener siempre una actitud positiva. Simplemente se le está
explicando un nuevo acontecimiento. Describa el objetivo en
palabras sencillas,
que el niño pueda comprender fácilmente. Se ha comprobado que a menudo
los padres hablan a sus hijos en términos adultos, diciéndoles que
tienen que ser más responsables o cooperadores. Eso significa muy poco
para los niños pequeños. Evite lo abstracto y concéntrese
en las cosas concretas. Dígale al niño exactamente lo que va a
hacer y lo que se espera de él: «Juan, a partir de hoy vamos a
dedicarnos a que te acostumbres a recoger tu ropa sucia, metiéndola en
el cesto». Conviene hablarle de lo que se quiere que haga más o menos
a menudo. No
se le debe revelar toda la estrategia sino comunicarle de una manera
amistosa, cariñosa y sin amenazas cuál es el objetivo hacia el que se
pretende avanzar. Según sea la estrategia o soluciones que se han
elegido y según la edad del niño, el padre puede tener que dar más
información. 4.-
TÉCNICAS PARA EL CONTROL DE LA CONDUCTA 4.1.
CÓMO ELOGIAR
La
mayor parte de los padres están preocupados en educar y cuidar de sus
hijos. Sólo con esa buena intención piensan que la buena conducta está
ya garantizada. La crítica constante combinada con pocos elogios tiene,
generalmente, efectos perniciosos. El niño requiere la atención de los
padres y la conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es inadecuado,
entonces el niño usará medios inadecuados para llegar a sus padres. Si
éstos se concentran en los hechos positivos. se conseguirá una mejor
conducta como respuesta porque de este modo el niño obtendrá más
atención. Si no se está acostumbrado a elogiar al niño, puede
resultar difícil al principio. Pero cuanto más se aplique más natural
y fácil será. En seguida se comprobará que los elogios son una
influencia tan poderosa que sólo con unos pocos se puede lograr una
nueva conducta. A
veces los padres temen que los niños se acostumbren a depender de los
elogios. Es posible que los elogios indiscriminados provoquen problemas
con un niño inseguro o que siempre haya sido el centro de atención.
Pero se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben
bastantes elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los
elogios pueden hacer milagros. Si se usan estas directrices al
aplicarlos, se comprobará muy pronto que el elogio es una técnica de
disciplina netamente eficaz. Vamos
a ejemplificar una situación para contextualizar lo que supone esta técnica.
Elvira y Juan están jugando tranquilamente en su cuarto y nadie les
verbaliza que están compartiendo los juguetes y que se están
relacionando muy bien. Pero poco después, discuten por una nimiedad y
su mamá les grita inmediatamente. Casi siempre los padres centran su
atención en lo que los niños hacen mal y no se fijan en lo que hacen
bien. Elogiar el comportamiento y no la personalidad Cuando
los padres tienen problemas en la relación con su hijo están tan
exasperados que no tienen nada positivo que decir del niño. Describen
su personalidad con términos tales como rebelde, vago y egoísta. Es
un círculo vicioso que no conduce a ningún sitio. Puede cambiarse su
conducta, pero la personalidad es más resistente a los cambios. Si se
centran los esfuerzos en la conducta, es mucho más probable que se
pueda llegar a la meta propuesta. No se debe decir, «Eres una niña
buena!» que conlleva el mensaje de que el objetivo es ser bueno
siempre, lo cual es una expectativa imposible de cumplir. En lugar de
esto se debe decir <<Me gusta cómo has hablado a la
abuela>>. Por muchas veces que se diga «niño bueno» o «niña
buena» el niño no se formará un concepto positivo de sí mismo, a no
ser que tenga respuestas específicas a las propias conductas correctas,
ya que la imagen de sí mismo está hecha de sus logros. El
modo más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios.
Moldear con elogios es una herramienta educativa que debe usarse
repetidamente para mostrar la aprobación de los comportamientos
nuevamente establecidos del niño. Usar elogios concretos El
propósito de elogiar es aumentar conductas deseables, de modo que es
necesario hacer hincapié en qué conducta concreta se persigue. Cuanto
más concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño qué es lo que
hace bien y será más probable que lo repita. Una mañana, por ejemplo,
uno se da cuenta de que la niña se ha hecho la cama. En ese momento se
está peinando. Si sólo se le dice, «queda muy bien», no sabrá si
los padres se refieren a la cama o a su pelo. Es mejor decir: «Me gusta mucho cómo has hecho la cama esta
mañana. Gracias». Cuando
los padres tienen dificultades para manifestar algo positivo de su hijo,
se les pide que mantengan un registro de buenas conductas, donde apuntarán
todo lo que el niño hace correctamente. Algunos padres exclaman: «Las
páginas estarán en blanco!», pero, normalmente, se asombran de ver cuántas
conductas positivas pueden anotar y cuánto les ayuda para aprender a
elogiar al niño. Al utilizar esta técnica, se deben compartir las
notas con el niño al final del día. Es una buena manera de hablar de
los acontecimientos del día y hará bien tanto a los padres como al niño. Elogiar los adelantos Se
debe empezar a elogiar cada pequeño paso dado hacia la conducta
deseada, procurando atrapar al niño en un buen comportamiento.
Supongamos que le ha dicho al niño que tiene que recoger sus juguetes
cuando haya terminado de jugar con ellos, aunque nunca lo haya hecho
antes. Elogie cada progreso, por pequeño que sea. Al principio se le
elogiará por recoger un juguete aunque los demás sigan en el suelo. Se
podría decir: «Está muy bien que recojas tu camión y lo pongas en la
caja de juguetes. Te voy a ayudar a que recojas los demás». La próxima
vez, se le puede elogiar por recoger dos juguetes, etc. O
supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida
y no deja terminar una conversación telefónica sin interrumpir. La
primera vez que espere treinta segundos, es bueno hacer una pausa en la
conversación y darle las gracias por no interrumpir. Hay que responder
al niño antes de seguir hablando. A la siguiente oportunidad, se debería
esperar un poco más antes de hacer la pausa para darle las gracias a
fin de que su espera sea «moldeada». Es mejor empezar con objetivos
modestos a fin de alcanzar la meta propuesta. Cuando
el nuevo comportamiento esté bien establecido, se necesitarán menos
elogios para mantenerlo. No es necesario continuar elogiando al niño
constantemente. Es mejor elogiarle de vez en cuando, quizás cada quinta
o décima vez que actúe apropiadamente. Esto será suficiente para ir
reforzando la nueva conducta y pronto se hará natural para ambos. No
obstante, no suprima nunca los elogios de forma radical. Elogiar adecuadamente Para
suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser adecuado. Abrazos,
besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras
correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco
más mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es
mejor mantener una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales.
Un guiño o levantar el pulgar le indicará, sin llamar la atención
excesivamente, que se ha notado su comportamiento. Más tarde, hay que
manifestarle lo bien que lo ha hecho. Muchos
niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que elogios
directos. Decir. «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por
aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has
hecho la cama realmente bien y has limpiado maravillosamente». Deben
ustedes juzgar las reacciones de su propio hijo a los elogios para ver
si están actuando de la mejor manera posible con él. Si el niño
parece no dar importancia a los comentarios paternos pero más adelante
repite el buen comportamiento, está usted comprobando que esta forma de
elogiar es eficaz. Hay
que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas buenas si se tienen
demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez perderán su
efecto. Hay que ser creativo. Pequeñas notas dejadas debajo de una
almohada o en una cartera pueden ser más especiales. También puede
serlo que el niño oiga que usted le elogia delante de un amigo. Para
realzarlo más, se pueden acompañar los elogios de un premio. Dígale
a su hijo qué es lo que le ha gustado y prémielo con un pequeño
regalo, pero reserve las sorpresas para ocasiones especiales para que no
se acostumbre. Elogiar
inmediatamente Los
elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños, cuando
se producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el
comportamiento positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños
más mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior. El espacio
entre la acción de un niño y la respuesta del padre se puede llenar
con un gesto si es necesario, y si se escribe en el diario de la buena
conducta se puede convertir en una señal privada entre ambos. Al
anotar lo que el niño está haciendo correctamente y enseñarle el
diario, es conveniente decirle algo, como por ejemplo, «Me alegro de
ver que estás compartiendo el papel con tu hermana». Más adelante, se
puede hacer la cuenta sin largos comentarios escritos, y a la larga la
cuenta se puede convertir en una señal de elogio silencioso en el aire,
lo que le dará un sentido personal. Combinar elogios con amor incondicional A
los niños les encanta conseguir elogios de sus padres cuando esos son
los únicos momentos en los que consiguen que se les preste atención.
Algunos padres se preocupan pensando que sus hijos se comportarán bien
sólo si reciben el reconocimiento. Cuando
se trabaja para establecer un nuevo comportamiento, es necesario elogiar
constantemente al principio, y luego reducir los elogios gradualmente.
Una vez que el niño lo ha aprendido, se debe elogiar sólo de vez en
cuando. De todos modos no es posible estar presente cada vez que el niño
hace algo correctamente. Cada vez que se hagan comentarios concretos y
positivos sobre su conducta, el niño tendrá una visión positiva de sí
mismo, y estará así más seguro de si mismo. Al
mismo tiempo el niño debe saber que se le valora y se le quiere
incondicionalmente. aun cuando no se esté trabajando para mejorar su
conducta. Abrácele, préstele atención, escúchele, apréciele. Esto
garantiza al niño que no necesita «ganarse» su amor porque ya lo
tiene. 4.2.
CÓMO IGNORAR Un
modo eficaz de eliminar comportamientos específicos que irritan es
simplemente ignorarlos. Puede que al aplicar esta técnica le parezca
que no está haciendo nada en absoluto para cambiar las cosas, pero
comprobará cómo al ignorar sistemáticamente ciertos comportamientos,
y actuando como si no existieran, se consiguen resultados asombrosos.
Cuando quieren, los niños hacen cualquier cosa para conseguir la atención
total e inmediata de sus padres. Saben exactamente lo que más les puede
alterar o irritar especialmente en los momentos más delicados, en el
recibidor de la casa justamente cuando llegan los invitados, por
ejemplo, o cuando se está hablando por teléfono o en la caja del
supermercado. Si se puede ignorar el comportamiento irritante cada vez
que se produzca, el niño dejará de actuar de ese modo, pues no obtiene
los resultados que busca. La ignorancia sistemática es el arte de ignorar los
comportamientos que desagradan y prestar atención positiva a los que
agradan. Nunca se debe hacer una cosa sin la otra. Sin embargo, antes de
intentar esta estrategia, valore usted el comportamiento y decida si se
puede ignorar sin problemas. Es
evidente que no se pueden ignorar conductas peligrosas como correr por
la calzada o subirse al frigorífico y tampoco se pueden ignorar
acciones intolerables como pegar y morder. La
ignorancia sistemática es una técnica que utilizan sólo algunos
padres eficazmente. En otros, sólo se consigue aumentar la tensión
porque su capacidad para ignorar es demasiado baja. Si éste es su caso,
puede intentar alguna otra de las soluciones que se ofrecen para tratar
el problema. Decidir
lo que se puede y lo que no se puede ignorar Si
un niño arroja objetos pesados o juega con enchufes, no se puede
ignorar este modo de actuar. Los padres no deben empezar con algo que no
van a ser capaces de ignorar durante mucho rato; es preferible no
empezar. La mayoría de los comportamientos empeoran antes que mejorar.
Hay que preguntarse:«¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» «¿Podré
soportarlo?» ¿Podrá la madre aguantar los gritos de su hijo en el
supermercado pidiendo donuts mientras el público se vuelve a mirarla
con muestras de indignación ante su dureza? Si el niño dice palabrotas
delante de la abuela, ¿será capaz el padre de hacerse el sordo? Si no,
es mejor elegir otra opción para hacer frente a este comportamiento. La
ignorancia es particularmente eficaz en conductas que han sido
previamente alimentadas por la atención del padre y no funcionará bien
con aquellas conductas que sean normales a ciertas edades o en
etapas de desarrollo. La mayoría de los niños de dos o tres años
hacen rabietas, y por mucho que se ignoren, es poco realista esperar que
desaparezcan. No obstante. la ignorancia sistemática de las primeras
rabietas reducirá su persistencia más tarde. La
ignorancia funciona bien normalmente para detener un comportamiento que
siempre ha provocado la atención y ha permitido al niño salirse con la
suya con anterioridad. Las rabietas son un buen ejemplo. El quiere un
caramelo v usted le dice, «No. ahora no». Llora, se cae al suelo,
patalea y grita. Usted intenta resistir, pero al final no lo soporta más
y se rinde. Le da el caramelo para detener la rabieta. Las lágrimas se
secan, su táctica ha funcionado. Ha reforzado usted la dependencia del
niño en las rabietas para el futuro. La próxima vez, en lugar de esto
intente salir de la habitación. Puede resultar sorprendente lo rápidamente
que el niño deja de llorar. No
prestar atención al comportamiento indeseado
No
se debe reaccionar al comportamiento indeseado de ninguna manera. No hay
que decir nada al respecto. No se debe mirar al niño cuando esté
actuando. No hay que mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos
como reacción a ello. Se debe mirar a otro sitio, hacer como si se
estuviera ocupado en otra cosa, salir de la habitación. Si no se puede
salir, hay que apartarse disimuladamente todo lo posible. Se debe
continuar tanto tiempo como el niño prolongue su comportamiento. Esto
no significa tratarlo fríamente, ya que esa es otra forma de atención.
Tampoco
hay que reírse como si tuviera gracia porque la actitud protectora le
hará más desafiante. Simplemente se debe simular que se está tan
concentrado en lo que se está haciendo que uno no se da cuenta de nada.
Un niño solía meter la cabeza en el plato y llorar cuando no se le
servía más de algo que le gustaba. Sus padres aprendieron a hablar
entre ellos de lo sucio que estaba el candelabro o de sus planes para la
cena, ignorando sus lloriqueos. Con el tiempo, cuando aprendió que no
era probable que le dieran más comida en ese momento, el niño cogía
su cuchara para comer otra cosa que hubiera en el plato. Actualmente, el
hábito ha desaparecido. Considere que cualquier intento del niño para
captar su atención es un signo de progreso y redoble los esfuerzos por
parecer indiferente. No responder, tararear, subir el volumen de la
radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas, todos son
medios eficaces de no prestar atención. Esperar
que los comportamientos empeoren antes de mejorar
Cuando
se empieza ignorando una mala conducta, el niño hará todo lo que pueda
para atraer una atención a la que está acostumbrado. Incrementará la
intensidad, volumen y frecuencia de sus actos hasta saber que obtendrá
respuesta. Pero no hay que abandonar. No le deje dar por sentado que sus
travesuras van a llamar la atención, intente llevar un registro del
tiempo que duran, o cuente las ocasiones en que se producen estas
conductas para poder superarlas: ello será indicativo de los progresos
que se hacen. Aunque
las pataletas y las quejas parecen durar una eternidad, se pueden medir
en segundos e incluso minutos. En el espacio de pocos días, se podrá
comprobar cuándo la conducta se intensifica y cuándo va disminuyendo. Cuando
compruebe que los quejidos duran diez minutos el día que no se da al niño
una galleta y sólo ocho minutos al día siguiente, se animará a seguir
con la táctica. Después de poco tiempo, el patalear porque no ha
conseguido una galleta será sólo un recuerdo. Téngase presente que
cuanto más firme se haya sido y menos atención se haya prestado a la
conducta, menor será su duración. Reforzar
las conductas deseables
Se
puede activar la extinción de las conductas indeseables reforzando las
buenas conductas con elogios y recompensas. Si se está intentando
terminar con los lloriqueos, elogie al niño inmediatamente si se pone a
jugar con tranquilidad después de haber dejado de lloriquear. Acérquese
a él y demuestre interés en lo que hace. Si el lloriqueo comienza otra
vez, ignórelo hasta que pare. Si el niño está jugando con la comida y
se ignora lo que está haciendo, préstele atención cuando coja el
tenedor. Dígale lo mucho que se aprecia la forma en que está comiendo
los guisantes. En
ocasiones, se pueden potenciar las conductas positivas dirigiendo la
atención hacia el niño que se está portando bien, para que el que se
está portando mal quiera imitarle. Por ejemplo, en un hogar en el que
un niño se levanta continuamente de la mesa mientras los otros están
sentados comiendo correctamente. Lo más apropiado es elogiar la
conducta de los niños que están sentados correctamente v hacer caso
omiso del ir de aquí para allá del otro. Pero cuidado!. si la táctica
anima al que se porta mal, no se debe proseguir. Reserve esta táctica
en su archivo de todas formas. En otra ocasión funcionará. 4.3.
CÓMO PREMIAR Las
recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos que hacen que
el niño se sienta bien por lo que ha hecho y quiera hacer lo mismo más
a menudo. Proporcionan motivación. La
primera vez que el niño dijo papá o mamá, usted reforzó la conducta
con sonrisas y caricias. El niño comprobó lo agradable que esto era.
La primera vez que se encaramó a la mesa de la cocina y alcanzó la
caja de galletas, su recompensa fueron las galletas. En ambos casos, su
conducta inicial fue recompensada por los resultados. No
siempre es fácil la elección de una recompensa apropiada para las
conductas correctas del niño. Es un tema de una labor detectivesca,
sentido común y un poco de imaginación para detectar qué le puede
gustar al niño. Se sugiere preguntar a los niños más mayores qué les
gusta para así tener la información necesaria, y también para poder
seguir manteniendo el control de la selección. Hacer
un cuestionario
Para
ayudarle a lograrlo sugerimos que se haga un cuestionario de las
preferencias del niño como el que se muestra a continuación. Dado que
las preferencias del niño cambian con frecuencia, repita el proceso de
vez en cuando. CUESTIONARIO
DE REFUERZOS 1. Dime tres cosas que desearías. 1
. 2. 3. 2. Si tuvieras este dinero, ¿ cómo lo gastarías? Euros
0.10
0.50
1 3 10 más 3. Si pudieras hacer algo con papá, ¿qué harías? | ||||||||||||